domingo, 26 de marzo de 2017

Realmente éste era Hijo de Dios

“REALMENTE ÉSTE ERA HIJO DE DIOS”

¿Son tan buenas y tan perfectas nuestras acciones como para ensalzar nuestro ego? Sería bueno que reflexionáramos qué es lo que hace que en nuestro mundo, cada vez se vea más soberbia y egoísmo. En esta cuaresma se nos recuerda que “Dios, siendo Dios, se rebajó de su condición divina y se hizo hombre” y realmente esto debería servir para hacer nuestro examen de conciencia y pedir a Dios la gracia de la humildad. Dios nos promete amor y perdón y nos lo da en aquella escalofriante escena: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Para ello, en esta cuaresma sería bueno posicionarnos en aquel centurión, que después de la barbaridad de azotar y crucificar a Jesús y verle muerto, exclamó: “Realmente, éste era Hijo de Dios”. Esta debe ser nuestra conversión, volver nuestra mirada al crucificado, mirar en el crucificado nuestro pecado, reflexionar cuántas veces y de qué maneras hoy hemos seguido crucificando a nuestro Señor. Pero, volver nuestra mirada a él. Observar su mirada misericordiosa, su mirada llena de amor, y escucharle, casi sin aliento por nosotros, perdonarnos. Ojalá, al final de esta cuaresma, con la experiencia del perdón de Dios, que desea otorgarle en el sacramento de la penitencia, y llenos de su amor, podamos exclamar al Hijo de Dios, como nuestro verdadero Dios y Señor. No perdamos la oportunidad de volver nuestra mirada al Señor y dejarnos sorprender, una y otra vez, por él y así exclamar con todo nuestro ser: “gracias Señor por ese amor tan irracional que has derramado en nosotros para nuestro bien y nuestra salvación”


Maximiliano García Folgueiras

martes, 14 de marzo de 2017

Vivir Sin Doblez

VIVIR SIN DOBLEZ



«¿Por qué  recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?» (Sal 49,16)

Palabras muy duras del Señor. Palabras que deberían hacernos reflexionar sobre nuestra manera de vivir nuestra fe en el día a día que nos toca vivir. Son palabras que acusan directamente la hipocresía piadosa que muchos creyentes practican hoy en nuestras iglesias. Son palabras que van directamente al aparentar y no vivir. Está claro que el Señor, en esta cuaresma, nos dice que cuidemos eso de lo que hoy está tan de moda el “postureo” y que vivamos con entereza nuestra fe. En esta cuaresma se nos pide que seamos íntegros, que no haya doblez en nuestra forma de vivir.
Seguramente hemos sido testigos, e incluso culpables en alguna ocasión, de aparentar una forma piadosa de vivir, pero que, en el fondo, en el interior hay un gran vacío. ¿Qué conseguimos con esto? ¿A quién pretendemos engañar? Realmente podríamos engañar a las personas, e incluso en un ejercicio de interiorización, podríamos engañarnos a nosotros mismos, pero no podemos pensar que podemos engañar a Dios. Dios conoce lo más profundo de nuestro corazón, Dios sabe lo que vivimos y cómo lo vivimos. Y el por él, para él y con él con quien tenemos que vivir nuestra vida de fe. Entonces, ¿qué ganamos viviendo una fe, sólo de apariencias? En esta cuaresma, se nos pide cambiar nuestro corazón, se nos pide abrir nuestro corazón a la docilidad de Dios. Se nos pide ser transparentes ante Dios y tomar una decisión de vivir nuestra fe desde nuestro interior y no desde las falsas apariencias. Dios nos muestra que él es el hombre sin doblez, que entregó su vida, siendo coherente con su misión, para la Salvación de la humanidad. ¿Estamos nosotros dispuestos a vivir la fe de esta manera? Entonces comencemos por reconocer nuestros errores,  pidamos perdón a Dios, en el sacramento de la penitencia, y recomencemos nuestra vida cristiana de nuevo, al estilo que nos dejó nuestro Señor. De esta manera, seguiremos caminando por este desierto cuaresmal, como Dios nos pide.


Maximiliano García Folgueiras

lunes, 6 de marzo de 2017

Vivir el amor y caminar hacía la santidad




Muchas veces hablamos del ayuno cuando llega la cuaresma. Parece que es un enorme sacrificio el de guardar el ayuno. Sin embargo, en esta cuaresma el Señor nos pregunta, ¿de qué nos sirve no comer si no amamos al hermano? Sería en el fondo, como buscar un premio por algo meramente externo, que no tendría ningún sentido, sino es el interés. El ayuno que nos pide el Señor en esta cuaresma es amar a nuestros hermanos, a nuestro prójimo, salir de nosotros mismos e ir al encuentro del que tenemos al lado, muchas veces solo, muchas veces desnudo, muchas veces hambriento o sediento, muchas veces pasando frío. Ver en aquella persona el reflejo de Cristo sufriente, que está en nuestras calles. Abrir nuestra mirada hacía ellos y acercarnos, como buenos samaritanos, para dedicar parte de nuestro tiempo a ellos. En esta cuaresma deberíamos pretender hacer un mundo más justo, gritando al Señor, como el profeta Isaías, “Aquí estoy”, ante la llamada universal que nos hace el Señor hacía la santidad “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”. No podemos engañarnos, no podemos relajarnos ni justificarnos, estamos llamados a buscar la santidad, y esta búsqueda se tiene que dar ahora, en el momento y circunstancia concreta en la que nos encontremos. Una búsqueda que viene impulsada por la llamada del Señor y su gracia que derrama en nosotros. Esta santidad pasa por el amor y el sacrificio cuaresmal, fijándonos en cómo actúo el Señor con amor y misericordia para con los demás. Deberíamos caer en la cuenta de cómo el Señor se entregó por nosotros, ¿qué hacemos nosotros por los demás? “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de mis hermanos, conmigo lo hicisteis”. ¿Estamos dispuestos a amar al prójimo? ¿Estamos dispuesto a buscar la Santidad en esta cuaresma? No perdamos el tiempo, pues éste apremia, es el tiempo de la misericordia, es el tiempo de la Salvación. Caminemos en esta cuaresma en el amor a los demás y en búsqueda a la santidad.



Maximiliano García Folgueiras

lunes, 27 de febrero de 2017


COMENZAMOS LA CUARESMA 2017
            Con el miércoles de ceniza comenzamos la cuaresma. Otra vez, otro año más se nos regala la posibilidad de convertir nuestros corazones al amor y a la misericordia de Dios. Una vez más se nos recuerda que somos polvo, ese polvo que mancha, ese polvo que molesta, ese polvo que hay que quitar y limpiar. ¿Cómo lo hacemos? Convirtiéndonos y creyendo en el evangelio.
            La cuaresma es el momento de posicionarnos como cristianos ante el mundo, ante la realidad que nos rodea, ante las situaciones concretas que estamos atravesando. Cuaresma es tomar conciencia de que tengo que aprender a vivir como cristiano, siendo consciente de todas esas ocasiones que he perdido, dejándome llevar por mis propios intereses y egoísmos. Para ello se nos proponen los tres caminos cuaresmales: ayuno, oración y limosna. No tanto, refiriéndose a lo material, que también, sino a cuidar el cuerpo y el alma de todo lo que puede separar de Dios. Un ayuno de murmuraciones y habladurías, un ayuno de egoísmos y envidias, un ayuno de soberbia y rencor. Una limosna de perdón y de paz, una limosna de amistad y fraternidad, una limosna de cercanía y solidaridad con los más necesitados. Una oración elevada a Dios desde la realidad concreta que estamos atravesando, una oración de entrega a los demás, una oración activa para con los demás y pasiva escuchando a Dios y su Palabra de Vida Eterna, una oración sacramental, donde reconciliarnos con Dios por nuestro pecado y alimentarnos de nuestro Salvador y Señor, alimentando nuestra fe.
            En el fondo la cuaresma es rasgar los corazones y no las vestiduras, no se trata de aparentar, no se trata de parecer, no se trata de que los demás nos vean lo que hacemos o no. Se trata de cambiar lo que realmente mueve nuestra vida, de cambiar nuestros sentimientos y nuestras vivencias que se alejan de las vivencias cristianas, se trata de que nuestro cambio cuaresmal sea por y para Dios. Se trata de arrepentirnos del mal que cometemos, se trata de salir de nuestras comodidades, de nuestros aposentos, y ponernos en camino al encuentro con el Señor, aunque sabemos que no es un camino fácil, que es un camino por el desierto, que es un camino de interiorizar en nuestra vida, pero que es un camino que termina en un oasis cuaresmal, donde la fuente de la que brota el agua, es el costado de nuestro salvador, y el agua es agua de vida eterna.
¿Estamos preparados para realizar este camino cuaresmal? ¿Estamos dispuestos a llegar al Oasis de la Vida? Comencemos a caminar en este itinerario cuaresmal con fe y con esperanza de poder cambiar nuestra vida, afianzar nuestra fe, y llenarnos de Dios y de su Espíritu Santo.



Maximiliano García Folgueiras

martes, 20 de diciembre de 2016

Feliz Navidad y Feliz año 2017



Dios en su inmenso amor quiso hacerse hombre para compartirlo todo con nosotros. Se quiso poner en nuestras manos, como un bebe, para que le mostrásemos nuestros cuidados y nuestra ternura. Después es Él quien nos acoge y nos abraza para levantarnos y guiarnos hacía la vida que Él nos tiene prometida. Por eso, que en estas fiestas de Navidad, nuestro corazón se llene de agradecimiento a todo un Dios que ha querido hacerse pequeño para hacernos a nosotros grandes. Gratitud a todo un Dios que se ha despojado de su categoría para mostrarnos su amor y su Salvación. Vivamos estas fiestas unidos en un abrazo a nuestro Señor. El abrazo de María cuando le tuvo en brazos en Belén y en Jerusalén y el abrazo que Él nos da a todos los hombres.
FELIZ NAVIDAD

Maximiliano García Folgueiras


domingo, 18 de diciembre de 2016

El anuncio



Esta cuarta y última semana del adviento, se nos invita a reflexionar sobre el anuncio. Nos invita a mirar ese primer anuncio donde Dios hizo conocer sus planes de salvación a José y a María. Se nos invita a mirar a María y la disposición que ésta tuvo a raíz de tan grande mensaje. María supo aceptar aún sin comprender. Supo aceptar aún sabiendo que tendría problemas. Supo aceptar aunque su vida, desde ese momento, cambiase totalmente. Ella y todos los planes que tendría sobre su vida, se veían interrumpidos por la acción de Dios que se había fijado en ella para llevar a cabo su plan de salvación de los hombres. En esta cuarta semana de adviento, ya inmersos en la llamada novena de la Navidad, se nos llama a poner nuestra atención en cómo vivía María la llegada de su Hijo, de su Señor, del Salvador de toda la humanidad. ¡Cuánta responsabilidad para una adolescente! Esto es lo que podríamos pensar hoy, sin embargo, ella aceptó esa responsabilidad y la trajo al mundo para que el mundo fuese feliz y alcanzase la salvación prometida por Dios. La cuarta semana del adviento nos hace el llamamiento a aprender de María, su docilidad, su confianza, su entrega en un Dios que, como ella sabía y asumía, no decepciona sino que cumple todas sus promesas, porque Dios es Fiel.
En esta semana hay otro llamamiento que se nos hace a todos los creyentes, Aceptar a Cristo, Luz del mundo, en nuestra vida, en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestra sociedad. Dejarle un espacio a Dios que quiere habitar entre nosotros y con nosotros. Hoy este llamamiento se hace con más fuerza aún si cabe. En una sociedad inmersa en el consumismo, en el materialismo, cerrada, en muchos casos, a la acción de Dios, hoy los creyentes no nos podemos esconder y celebrar esta última semana del adviento con la ilusión, la alegría y las ganas que puede tener una madre a punto de dar a luz. También, pensando en estas madres a punto de dar a luz, en los últimos días suelen tener nervios, incertidumbre e incluso, a veces, ya cierto desánimo porque no ha nacido ya. También se nos invita a que vivamos así estos días. Que cada día de esta semana acrecentamos nuestras ganas y nuestra ilusión de que llegue la Salvación de Dios a nuestras vidas. Aceptar a Cristo, supone llevarlo con alegría en cada momento, circunstancia que tenga en mi vida. Sabiendo que Cristo, como a María, aunque nos complique en algunos momentos, nos llena de una inmensa alegría saber que está con nosotros.
Deberíamos ser conscientes de que Dios no tiene ninguna necesidad de complicarse, no tiene ninguna necesidad de hacerse hombre, sin embargo, se ha fijado en la humanidad, nos ha mirado a cada persona a los ojos y ha decidido hacerse hombre como nosotros, ha decidido complicarse por su amor a cada uno de nosotros. Esto nos debería llenar de un absoluto sentimiento de gratitud. Esta actitud es la que en esta última semana deberíamos vivir como cristianos e hijos de Dios, de un Dios que se ha fijado en nosotros y ha querido hacerse como nosotros.
En estos días tan próximos a la Navidad, nos queda solamente esperar la gran fiesta del encuentro con Dios. Como creyentes debemos vivir la armonía, la fraternidad y la alegría que esta cercana celebración representa. Todos nuestros preparativos para la fiesta de nuestro encuentro con Dios hecho hombre debieran vivirse en este ambiente, con el firme propósito de aceptar a Jesús en los corazones, las familias y las comunidades. Y así prepararnos con sinceridad y gratitud a la fiesta de la Navidad, a la fiesta del Dios con nosotros.


Maximiliano García Folgueiras

viernes, 2 de diciembre de 2016

Conversión

En esta segunda semana del adviento, reflexionamos sobre la conversión. Si la semana pasada examinábamos aquellas cosas que teníamos que vigilar porque nos alejaba de Dios, en ésta debemos preguntarnos ¿Qué voy a hacer con aquellas cosas que me alejan de Dios? ¿Me voy a quedar igual? ¿Voy a intentar cambiarlo para estar más cerca de Dios? En definitiva, se nos pide que convirtamos aquello que nos impide acercarnos a Dios.
            Esta conversión la hacemos desde la llamada que en esta semana nos hace Juan el Bautista, el precursor del Señor. Él nos dice que preparemos los caminos porque Jesús se acerca y llega. Debemos pensar cómo nos estamos preparando a esta llegada. Si realmente estamos allanando el camino, quitando aquello que estorba y mancha nuestra alma, o si, por el contrario, estamos impasibles, actuando como si nada fuese a suceder.
            En la conversión que se nos pide esta semana, se nos pide que, una vez examinadas las cosas que me alejan de Dios, ahora realice un acto de fe. Si como creyente Dios lo es todo para mí. Si como creyente quiero que Dios se acerque a mi vida y la transforme, entonces, yo debo hacer un acto de fe y un acto de voluntad. Tengo que salir de mi mismo, de mis comodidades, de mis aposentos, y salir al camino de mi vida, para ponerme a recolocar aquello que está desordenado. ¿Qué está desordenado en mi vida? Aquello que responda debo ponerlo a la luz del Señor, reconocerme que soy débil y pecador. Reconocer que soy frágil y caigo en continuas tentaciones. Que muchas veces miro a otros lugares en vez de hacía dónde viene el Señor. He de reconocer, que muchas veces prefiero hacer el camino de los demás, en vez del mío propio, porque pienso que es más fácil o llevadero. Pero Dios nos ha puesto a cada uno nuestro camino, el que más nos conviene, el mejor para nosotros. Y es ese camino el que debemos allanar, es el camino que nos pide Juan el Bautista que debemos aligerar de tantas cosas con que lo llenamos, que no dejamos lugar a que Dios se acerque a nuestra vida.
            ¿Cómo puedo preparar el camino y allanar el sendero? Una vez reconocido mi pecado, pidiendo perdón. Dios que se acerca a nosotros, está deseando que limpiemos nuestra vida de lo que nos separa de Él. Él viene a estar con nosotros. Él viene porque se ha fijado en nosotros, y quiere compartir en todo, nuestra condición humana, salvo en el pecado. Por eso Él quiere que nos abramos a su gracia, a su amor, a su misericordia. Dios nos está esperando para decirnos a cada uno “yo te absuelvo de todos tus pecados” y “te doy una nueva oportunidad, vete y no peques más”. Dios ya lo ha pensado todo para que nos preparemos a su llegada. Quiere que lo acojamos de la mejor de las maneras. Quiere que cuando Él se presente, estemos lo más preparados posibles, para que nos presentemos, como reza la liturgia “santos, entre los santos del cielo”. Que buena oportunidad ésta que nos da ahora el Señor, para que pidamos perdón y nos reconciliemos con Él. Limpiar nuestro corazón y recomenzar de nuevo nuestra vida creyente apostando firmemente por el Dios nuestro Salvador.

Maximiliano García Folgueiras