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lunes, 6 de marzo de 2017

Vivir el amor y caminar hacía la santidad




Muchas veces hablamos del ayuno cuando llega la cuaresma. Parece que es un enorme sacrificio el de guardar el ayuno. Sin embargo, en esta cuaresma el Señor nos pregunta, ¿de qué nos sirve no comer si no amamos al hermano? Sería en el fondo, como buscar un premio por algo meramente externo, que no tendría ningún sentido, sino es el interés. El ayuno que nos pide el Señor en esta cuaresma es amar a nuestros hermanos, a nuestro prójimo, salir de nosotros mismos e ir al encuentro del que tenemos al lado, muchas veces solo, muchas veces desnudo, muchas veces hambriento o sediento, muchas veces pasando frío. Ver en aquella persona el reflejo de Cristo sufriente, que está en nuestras calles. Abrir nuestra mirada hacía ellos y acercarnos, como buenos samaritanos, para dedicar parte de nuestro tiempo a ellos. En esta cuaresma deberíamos pretender hacer un mundo más justo, gritando al Señor, como el profeta Isaías, “Aquí estoy”, ante la llamada universal que nos hace el Señor hacía la santidad “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”. No podemos engañarnos, no podemos relajarnos ni justificarnos, estamos llamados a buscar la santidad, y esta búsqueda se tiene que dar ahora, en el momento y circunstancia concreta en la que nos encontremos. Una búsqueda que viene impulsada por la llamada del Señor y su gracia que derrama en nosotros. Esta santidad pasa por el amor y el sacrificio cuaresmal, fijándonos en cómo actúo el Señor con amor y misericordia para con los demás. Deberíamos caer en la cuenta de cómo el Señor se entregó por nosotros, ¿qué hacemos nosotros por los demás? “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de mis hermanos, conmigo lo hicisteis”. ¿Estamos dispuestos a amar al prójimo? ¿Estamos dispuesto a buscar la Santidad en esta cuaresma? No perdamos el tiempo, pues éste apremia, es el tiempo de la misericordia, es el tiempo de la Salvación. Caminemos en esta cuaresma en el amor a los demás y en búsqueda a la santidad.



Maximiliano García Folgueiras

viernes, 2 de diciembre de 2016

Conversión

En esta segunda semana del adviento, reflexionamos sobre la conversión. Si la semana pasada examinábamos aquellas cosas que teníamos que vigilar porque nos alejaba de Dios, en ésta debemos preguntarnos ¿Qué voy a hacer con aquellas cosas que me alejan de Dios? ¿Me voy a quedar igual? ¿Voy a intentar cambiarlo para estar más cerca de Dios? En definitiva, se nos pide que convirtamos aquello que nos impide acercarnos a Dios.
            Esta conversión la hacemos desde la llamada que en esta semana nos hace Juan el Bautista, el precursor del Señor. Él nos dice que preparemos los caminos porque Jesús se acerca y llega. Debemos pensar cómo nos estamos preparando a esta llegada. Si realmente estamos allanando el camino, quitando aquello que estorba y mancha nuestra alma, o si, por el contrario, estamos impasibles, actuando como si nada fuese a suceder.
            En la conversión que se nos pide esta semana, se nos pide que, una vez examinadas las cosas que me alejan de Dios, ahora realice un acto de fe. Si como creyente Dios lo es todo para mí. Si como creyente quiero que Dios se acerque a mi vida y la transforme, entonces, yo debo hacer un acto de fe y un acto de voluntad. Tengo que salir de mi mismo, de mis comodidades, de mis aposentos, y salir al camino de mi vida, para ponerme a recolocar aquello que está desordenado. ¿Qué está desordenado en mi vida? Aquello que responda debo ponerlo a la luz del Señor, reconocerme que soy débil y pecador. Reconocer que soy frágil y caigo en continuas tentaciones. Que muchas veces miro a otros lugares en vez de hacía dónde viene el Señor. He de reconocer, que muchas veces prefiero hacer el camino de los demás, en vez del mío propio, porque pienso que es más fácil o llevadero. Pero Dios nos ha puesto a cada uno nuestro camino, el que más nos conviene, el mejor para nosotros. Y es ese camino el que debemos allanar, es el camino que nos pide Juan el Bautista que debemos aligerar de tantas cosas con que lo llenamos, que no dejamos lugar a que Dios se acerque a nuestra vida.
            ¿Cómo puedo preparar el camino y allanar el sendero? Una vez reconocido mi pecado, pidiendo perdón. Dios que se acerca a nosotros, está deseando que limpiemos nuestra vida de lo que nos separa de Él. Él viene a estar con nosotros. Él viene porque se ha fijado en nosotros, y quiere compartir en todo, nuestra condición humana, salvo en el pecado. Por eso Él quiere que nos abramos a su gracia, a su amor, a su misericordia. Dios nos está esperando para decirnos a cada uno “yo te absuelvo de todos tus pecados” y “te doy una nueva oportunidad, vete y no peques más”. Dios ya lo ha pensado todo para que nos preparemos a su llegada. Quiere que lo acojamos de la mejor de las maneras. Quiere que cuando Él se presente, estemos lo más preparados posibles, para que nos presentemos, como reza la liturgia “santos, entre los santos del cielo”. Que buena oportunidad ésta que nos da ahora el Señor, para que pidamos perdón y nos reconciliemos con Él. Limpiar nuestro corazón y recomenzar de nuevo nuestra vida creyente apostando firmemente por el Dios nuestro Salvador.

Maximiliano García Folgueiras

domingo, 29 de marzo de 2015

La moral cristiana

LA MORAL DEL CRISTIANO
            Es una visión generalizada lo de ver los principios morales como aquellas normas que rigen el comportamiento humano, demostrando si éste es bueno o malo. Evidentemente este modo de ver los principios morales, ya hacen pensar que es algo que va más allá de lo meramente material o jurídico, pues va dirigido a la conducta humana y no al mero hecho.
            Si hablamos de moral cristiana, es cuando se da un paso más, en la fe. La moral cristiana va encaminada al ejemplo que nos dio Jesucristo. La moral cristiana pone su mirada en Cristo y en el mandato que Él nos dejó: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente y al prójimo como a ti mismo” (Mt 22,36). En este mandato vemos una norma que debe ser importante para creyentes y no creyentes. Pues vivir el amor es algo que ayuda al bien común de una sociedad. El amor es una necesidad de primer orden en la persona, de ahí que muchos modos de actuar sean motivados por la búsqueda de una aclamación, por la búsqueda de sentirse acompañado, arropado, etc. En el fondo, por la búsqueda, en cierto modo, de sentirse amado. Lo más importante, quizás, en este punto, es que también se nos implica a nosotros a amar. Amar en todo aquello cuanto hagamos. Algo que piensa hoy la generalidad de la gente, es que cuando haces algo, no puedes ir en contra de alguien, pues entonces nos convertiríamos en “malas personas”. Esto indica que hay un pensamiento generalizado, en pensar que en todo lo que hagamos se debe dar un amor hacía quien vaya dirigida la acción. Si es una acción espiritual, un amor a Dios; si es una acción social o caritativa, un amor hacía el otro; si es una acción propia, como trabajo o deporte, un amor hacía uno mismo. Y es aquí donde entonces la persona consciente o inconscientemente, está cumpliendo la norma moral que nos dio Jesucristo: “amar a Dios, al prójimo y a ti mismo”.
            La diferencia entre el cristiano y el no creyente, es que el primero se aferra a la vida de Cristo, quien “pasó haciendo el bien” nos dice el evangelio. Este mirar a Cristo es lo que nos separa, en palabras de San Pablo, de “aquellos que habiendo perdido el sentido moral, se entregaron al libertinaje” (Ef 4,17-21). Estos piensan, erróneamente, que la moral es un conjunto de normas que hay que cumplir porque la razón del hombre así lo ha dispuesto. Pero la moral no deja de ser el medio para vivir la plenitud que nos ha prometido Jesucristo. Es seguir a Cristo y procurar vivir cuanto él nos enseñó en su mensaje y en su obra de amor, misericordia y salvación. Estos tres puntos son, en el fondo, los que busca la moral. Esta es la esencia de la moral cristiana.
            La moral no es algo meramente razonable, pero tampoco una cuestión sólo de fe. La moral, desde la fe, fortalece e ilumina la razón. Vivir el seguimiento de Cristo, y por tanto, vivir la moral cristiana, es comprender, conocer y razonar, la verdad de lo que somos e intentar, desde lo que somos, vivir “haciendo el bien”. La base de toda la moral es ese “hacer el bien” que es un llamado a toda la humanidad. No es cuestión de creyentes o no. No es una cuestión de fe. Todos estamos llamados y queremos vivir en el bien, por lo tanto, la moral cristiana no es algo que no implique a los no cristianos.
La moral cristiana es algo universal, que pese al conocimiento o no de la persona, e independientemente de su fe, se intenta vivir. En el fondo, la moral cristiana recoge el anhelo de la sociedad, que no es otro sino vivir en plenitud y marca un camino: “pasar haciendo el bien a modo y semejanza de Cristo”. Así, alcanzar el amor, la misericordia y la salvación, que llenan todos los deseos y aspiraciones del ser humano.

Maximiliano García Folgueiras