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sábado, 6 de mayo de 2017

El perdón

lunes, 27 de febrero de 2017


COMENZAMOS LA CUARESMA 2017
            Con el miércoles de ceniza comenzamos la cuaresma. Otra vez, otro año más se nos regala la posibilidad de convertir nuestros corazones al amor y a la misericordia de Dios. Una vez más se nos recuerda que somos polvo, ese polvo que mancha, ese polvo que molesta, ese polvo que hay que quitar y limpiar. ¿Cómo lo hacemos? Convirtiéndonos y creyendo en el evangelio.
            La cuaresma es el momento de posicionarnos como cristianos ante el mundo, ante la realidad que nos rodea, ante las situaciones concretas que estamos atravesando. Cuaresma es tomar conciencia de que tengo que aprender a vivir como cristiano, siendo consciente de todas esas ocasiones que he perdido, dejándome llevar por mis propios intereses y egoísmos. Para ello se nos proponen los tres caminos cuaresmales: ayuno, oración y limosna. No tanto, refiriéndose a lo material, que también, sino a cuidar el cuerpo y el alma de todo lo que puede separar de Dios. Un ayuno de murmuraciones y habladurías, un ayuno de egoísmos y envidias, un ayuno de soberbia y rencor. Una limosna de perdón y de paz, una limosna de amistad y fraternidad, una limosna de cercanía y solidaridad con los más necesitados. Una oración elevada a Dios desde la realidad concreta que estamos atravesando, una oración de entrega a los demás, una oración activa para con los demás y pasiva escuchando a Dios y su Palabra de Vida Eterna, una oración sacramental, donde reconciliarnos con Dios por nuestro pecado y alimentarnos de nuestro Salvador y Señor, alimentando nuestra fe.
            En el fondo la cuaresma es rasgar los corazones y no las vestiduras, no se trata de aparentar, no se trata de parecer, no se trata de que los demás nos vean lo que hacemos o no. Se trata de cambiar lo que realmente mueve nuestra vida, de cambiar nuestros sentimientos y nuestras vivencias que se alejan de las vivencias cristianas, se trata de que nuestro cambio cuaresmal sea por y para Dios. Se trata de arrepentirnos del mal que cometemos, se trata de salir de nuestras comodidades, de nuestros aposentos, y ponernos en camino al encuentro con el Señor, aunque sabemos que no es un camino fácil, que es un camino por el desierto, que es un camino de interiorizar en nuestra vida, pero que es un camino que termina en un oasis cuaresmal, donde la fuente de la que brota el agua, es el costado de nuestro salvador, y el agua es agua de vida eterna.
¿Estamos preparados para realizar este camino cuaresmal? ¿Estamos dispuestos a llegar al Oasis de la Vida? Comencemos a caminar en este itinerario cuaresmal con fe y con esperanza de poder cambiar nuestra vida, afianzar nuestra fe, y llenarnos de Dios y de su Espíritu Santo.



Maximiliano García Folgueiras

viernes, 2 de diciembre de 2016

Conversión

En esta segunda semana del adviento, reflexionamos sobre la conversión. Si la semana pasada examinábamos aquellas cosas que teníamos que vigilar porque nos alejaba de Dios, en ésta debemos preguntarnos ¿Qué voy a hacer con aquellas cosas que me alejan de Dios? ¿Me voy a quedar igual? ¿Voy a intentar cambiarlo para estar más cerca de Dios? En definitiva, se nos pide que convirtamos aquello que nos impide acercarnos a Dios.
            Esta conversión la hacemos desde la llamada que en esta semana nos hace Juan el Bautista, el precursor del Señor. Él nos dice que preparemos los caminos porque Jesús se acerca y llega. Debemos pensar cómo nos estamos preparando a esta llegada. Si realmente estamos allanando el camino, quitando aquello que estorba y mancha nuestra alma, o si, por el contrario, estamos impasibles, actuando como si nada fuese a suceder.
            En la conversión que se nos pide esta semana, se nos pide que, una vez examinadas las cosas que me alejan de Dios, ahora realice un acto de fe. Si como creyente Dios lo es todo para mí. Si como creyente quiero que Dios se acerque a mi vida y la transforme, entonces, yo debo hacer un acto de fe y un acto de voluntad. Tengo que salir de mi mismo, de mis comodidades, de mis aposentos, y salir al camino de mi vida, para ponerme a recolocar aquello que está desordenado. ¿Qué está desordenado en mi vida? Aquello que responda debo ponerlo a la luz del Señor, reconocerme que soy débil y pecador. Reconocer que soy frágil y caigo en continuas tentaciones. Que muchas veces miro a otros lugares en vez de hacía dónde viene el Señor. He de reconocer, que muchas veces prefiero hacer el camino de los demás, en vez del mío propio, porque pienso que es más fácil o llevadero. Pero Dios nos ha puesto a cada uno nuestro camino, el que más nos conviene, el mejor para nosotros. Y es ese camino el que debemos allanar, es el camino que nos pide Juan el Bautista que debemos aligerar de tantas cosas con que lo llenamos, que no dejamos lugar a que Dios se acerque a nuestra vida.
            ¿Cómo puedo preparar el camino y allanar el sendero? Una vez reconocido mi pecado, pidiendo perdón. Dios que se acerca a nosotros, está deseando que limpiemos nuestra vida de lo que nos separa de Él. Él viene a estar con nosotros. Él viene porque se ha fijado en nosotros, y quiere compartir en todo, nuestra condición humana, salvo en el pecado. Por eso Él quiere que nos abramos a su gracia, a su amor, a su misericordia. Dios nos está esperando para decirnos a cada uno “yo te absuelvo de todos tus pecados” y “te doy una nueva oportunidad, vete y no peques más”. Dios ya lo ha pensado todo para que nos preparemos a su llegada. Quiere que lo acojamos de la mejor de las maneras. Quiere que cuando Él se presente, estemos lo más preparados posibles, para que nos presentemos, como reza la liturgia “santos, entre los santos del cielo”. Que buena oportunidad ésta que nos da ahora el Señor, para que pidamos perdón y nos reconciliemos con Él. Limpiar nuestro corazón y recomenzar de nuevo nuestra vida creyente apostando firmemente por el Dios nuestro Salvador.

Maximiliano García Folgueiras

sábado, 12 de marzo de 2016

Quinta Semana de Cuaresma 2016


El Amor es aquello que nos engrandece como personas, aquello por lo que merece la pena entregarse y desgastarse. Queremos amar sin medida, como lo hizo Jesús en la cruz. Queremos darnos desde la grandeza de lo que somos.[1]
En esta quinta semana de cuaresma estamos llamados a hacernos una pregunta: ¿Quiénes somos nosotros que hemos merecido la Sangre de Cristo? ¿Qué somos nosotros para recibir tanto amor de Dios, que se entrega hasta la muerte por nosotros? Hemos de ser conscientes de que el amor nos engrandece y nos dignifica como personas. Estamos llamados a vivir del amor de Dios, a entregar ese amor a los demás, para hacer grande y digna la sociedad que nos rodea. Hemos de vivir por y para el amor. Hemos de entregarnos y desgastarnos, a ejemplo de Jesucristo, derrochando el amor que él nos da.
El Domingo, La catequesis de la liturgia nos dice que “Jesús se presentó y todos acudían a él”; Jesús se hace presente entre todos. Esta es la verdad del Evangelio y de nuestra fe. Jesús se hace presente con su Palabra, en los sacramentos, en el prójimo, en el pobre, en el enfermo, en cada situación de la vida. Hemos de estar atentos a esa presencia de Dios entre todos nosotros. Esa presencia exige de nosotros una respuesta, que no siempre es fácil o no siempre es cómoda. Esa respuesta exige estar con Él, escucharle y aprender de Él. Aunque en el evangelio vemos como esa presencia, algunos también la usan para ponerle a prueba y traicionarle. Nuestra respuesta creyente, esa dar respuesta a la acción de Dios con nuestra vida, fijándonos en Él y alimentándonos de Él cada día. En este domingo también se nos enseña el peligro que tiene juzgar el pecado de los demás, sin pensar en el pecado propio. Jesús nos dice “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra” y en otro lugar del evangelio “Antes de quitar la paja en el ojo ajeno, quítate la viga que llevas en el tuyo”. Esto nos lleva a preguntarnos sobre nuestra prudencia. Nos hemos de preguntar si nos creemos mejores que los demás, si pensamos que nos merecemos más que el otro. Y el Señor, nos invita a mirarle a Él y nos pregunta directamente «¿Quién se merece más, vosotros o yo?» ante la más que probable respuesta que daríamos «tú» entonces el Señor nos enseña la cruz y nos recuerda «pues mira dónde terminé». La injusticia del hombre siempre está presente. Hemos de aprender a ser justos ante los demás. Hemos de reconocer que nosotros también somos culpables. Hemos de reconocer que, en cuestión de pecado, nadie está libre y por tanto nadie es digno de juzgar a nadie. ¿Cómo somos capaces de condenar el pecado del otro si no condenamos el nuestro? No podemos ser jueces de algo en lo que nosotros también somos cómplices y culpables. Ante esta realidad, el Señor nos muestra su perdón. Es un perdón que salva, es un perdón que libera, es un perdón que nos da la oportunidad, como a la mujer pecadora, de levantarnos y de mirar al Señor, cara a cara. En esa mirada, escuchar como de sus labios sale un “tampoco yo te condeno”. Tampoco nos condena, porque ya ha pagado el precio de nuestro pecado en la cruz. No nos condena porque ya ha dicho “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. No nos condena, porque nos ofrece sus manos traspasadas por los clavos de la cruz para levantarnos, rescatarnos y ponernos de nuevo en camino, de una manera decidida, a caminar por la senda del Señor que es el camino de la Salvación.
El lunes el Señor nos dice: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas”. Se nos está invitando a ser conscientes de que vivir en pecado es como caminar en tinieblas, donde se está inseguro, se tropieza, se cae, se golpea y se sufre. Aunque hay un peligro de acostumbrarse a esa oscuridad y llegar a poder sentirse cómodos es esa oscuridad. Pero esto no quita a que la luz no exista y que siempre es más poderosa que la tiniebla, por pequeña que sea la luz, siempre sobresale sobre la oscuridad y nos ayuda a no tropezar, a caminar más seguros. Esa luz, el Señor nos afirma que es Él mismo que se nos ofrece para que caminemos en Él por el camino de la verdad y de la justicia. Sólo caminando en la luz podemos dar testimonio de ésta.
El martes nos dice Jesús “yo me voy y me buscaréis”. El Señor sigue insistiendo en su invitación a ir con Él, a no esperar que sea demasiado tarde. Pienso que muchas veces dejamos para el final las oportunidades que se nos ofrecen y al final, cuando ya no hay tiempo ni posibilidad, decidimos. El Señor nos aconseja que estemos con Él, que le busquemos “aquí y ahora”, que le sigamos en este momento donde estemos y cómo estemos. Que es ahora cuando tenemos la oportunidad de abrazar la Vida que Cristo nos ofrece. El Señor nos pide buscar aquí y ahora al Señor para abrazar la vida real que nos ofrece.
El miércoles sigue insistiendo en que nos quedemos con Él, en que seamos fieles a Él, en que nos mantengamos en su palabra, de esta forma podremos ser verdaderos discípulos suyos, que vivamos en la verdad que es Él y que nos hace libres de toda esclavitud.
El jueves, Jesucristo nos recuerda que guardar su Palabra es gozar de la vida plena que nos da. María “guardaba todas las cosas en el corazón”. Siguiendo el ejemplo y el modelo dela Virgen, hemos de ser personas que guardemos la Palabra del Señor en el corazón. Hemos de ser personas de Palabra, gozarnos de su Palabra, vivir su Palabra y testimoniar su Palabra.
El viernes, se nos enseña que la Palabra de Dios, no la podemos guardar sin que resplandezca. La Palabra de Dios, de la que debemos alimentarnos, ha de brillar en nosotros y ser el motivo principal de nuestras acciones. El mismo Jesucristo, con sus obras, daba testimonio de sus palabras. La misma constitución dogmática “Dei Verbum” nos habla de que la Palabra de Dios son “Hechos y palabras intrínsecamente unidos”. Esta ha de ser nuestra vida como creyentes: escuchar la Palabra de Dios y hacerla vida en nuestras acciones.
El sábado se nos pone de modelo a San José para que como cristianos acojamos en nuestra vida, acojamos en nuestras costumbres a María y a Jesucristo. Que sean ellos los que ocupen en primer lugar nuestro corazón de creyentes. Alimentarnos de ellos, de su ejemplo y de su palabra cada día para crecer como cristianos y madurar nuestra fe. Fiarnos del Señor ya que sus planes, quizá no coincidan con los nuestros, pero son planes de vida eterna.
El amor es la enseña de identidad del cristiano. Es darse a los demás en servicio, es ofrecerse a los demás para darles un bien. El mayor bien que podemos dar como creyentes en Jesucristo, es la vida que Él nos da y que sólo de Él proviene. Este darse a los demás es testimoniar el amor de Cristo del que nos alimentamos en su Palabra y en los sacramentos. Es hacer vida lo que él nos dice y lo que Él nos da. ¿Estás dispuesto a darte a los demás testimoniando el amor de Dios? Serás recompensado con el ciento por uno y con la Vida Eterna, ¿merece la pena, no?

FELIZ QUINTA Y ÚLTIMA SEMANA DE CUARESMA

Maximiliano García Folgueiras



[1] http://reflejosdeluz11.blogspot.com.es/

sábado, 27 de febrero de 2016

Tercera Semana de Cuaresma 2016



Ofrecer lo que somos a los demás no es sencillo, pero es altamente gratificante darse a los demás acogiendo y aceptando a todos por igual. Es mucho el bien que podemos hacer si salimos de nosotros mismos y nos ofrecemos a los otros.[1]
            Comenzamos la tercera semana de nuestro camino cuaresmal. En esta semana nos vamos a fijar en cómo nos damos a los demás. Cómo podemos salir de nosotros mismos y compartir con nuestro prójimo la alegría de la Fe. En este itinerario cuaresmal, estamos invitados a llevar a los otros nuestra vida cristiana y así ir haciendo de nuestro entorno una parcela del Reino de Dios.
            El Domingo El Señor comenzará su catequesis de esta semana haciéndonos una pregunta muy directa, ¿pensamos que los que tenemos al lado son más pecadores que nosotros, por la vida que pueden llevar? Muchas veces me he encontrado personas que juzgan a los demás, especialmente a los jóvenes, porque no se les ve en misa. Yo siempre he pensado, que por fortuna yo si que me he encontrado muchos jóvenes viviendo la fe con alegría. Y Siempre he respondido a esa afirmación haciendo una pregunta “¿Quién tiene la culpa? Quizás la tengamos todos porque nosotros, todos los que vivimos de alguna u otra manera la fe, no hemos sabido ni sabemos transmitirla a los demás, como algo alegre y que merece la pena. A nosotros, que somos los que tenemos la suerte de conocer a Cristo, es a los que se nos va a exigir que demos testimonio de Él. ¿lo estamos haciendo? ¿Has pensado por un momento en por qué esa persona a la que quizás estés juzgando sus acciones, por qué momento está pasando? ¿Nos interesamos por esa persona y hablamos con ella? O sólo ¿nos quedamos en la crítica y el juicio? La pregunta del Señor es muy directa para que reflexionemos sobre nuestros juicios y nuestras críticas. De hecho el Señor nos afirma “Si no os convertís”. Urge en nosotros la conversión. Urge en nosotros dar fruto. El Señor tiene paciencia con nosotros, seguirá esperando en nosotros, nos seguirá mandando pruebas de su amor incondicional hacia nosotros, como hizo con la Higuera seca que no daba fruto. Pero en nosotros está el dar fruto, en nosotros está el compartir la fe, la esperanza y la caridad con el que tenemos al lado. En nosotros está el realizar las obras de misericordia para con los demás. ¿Estamos dispuestos?
            El lunes nos recuerda que no debemos esperar que la gente nos aplauda por llevar el evangelio a los demás. Nos recuerda que seremos juzgados por aquellos que nos conocen. Los demás pensarán “y éste que viene a decirnos con lo que es su vida”. De ahí que el Señor nos diga “ningún profeta será bien mirado en su tierra”. Si, seremos juzgados y criticados, pero esto no debe llevarnos a dejar de ser profetas, testigos vivos de Dios en la tierra, en nuestro barrio, en nuestros trabajos, en nuestras familias. Siempre debemos llevar con nosotros la Palabra de Dios que ilumine, levante, anime, al necesitado, al perdido, al desamparado.
El martes El Señor nos recordará una de las cosas que más suele costar al ser humano, el perdón. Muchos, como Pedro, nos solemos preguntar “¿Hasta cuándo tenemos que perdonar? Y Jesús nos responde “siempre”. El perdón no es algo opinable, debe ser algo que nos lleve a la paz verdadera. El Señor nos recuerda que Él es paciente con nosotros, y que así lo debemos ser nosotros con los demás. ¿Qué pasaría si Dios no nos perdonas? ¿Qué pasaría si Dios no nos hubiese dejado el sacramento del perdón? Posiblemente nuestra vida estaría llena de amargura, resentimiento y por tanto de infelicidad. ¿Es esto lo que queremos? Seguro que no, por eso Dios, en su infinita misericordia, nos da el perdón, nos espera para abrazarnos, nos espera para levantarnos, nos espera para aliviarnos, nos espera para liberarnos. Ese es el gran amor de Dios. Y en este amor, nos recuerda que lo vivamos nosotros “perdona nuestras ofensas, como TAMBIÉN NOSOTROS PERDONAMOS a los que nos ofenden”. En mi vida, la experiencia que tengo es que cuando perdonas te liberas de una sensación de esclavitud y retomas la felicidad que Dios siempre te viene a dar.
            El miércoles se nos dice que la Dios ha venido a dar plenitud a la ley. Esa plenitud es Él mismo y su amor. Y nos dice que no podemos pensar en saltarnos esa plenitud, pues de lo contrario obtendríamos lo contrario a lo que Él nos quiere transmitir, vida, felicidad, amor y libertad.
            El jueves nos avisa de la radicalidad del seguimiento a Él. No hay término medio, “El que no está conmigo, está contra mí”. Si, ser cristiano es apostarlo todo por el Señor. No relajarnos, no vivir a medias. Pues una vida vivida a medias, no está bien vivida. Él quiere que la vivamos plenamente y que seamos coherentes con nuestra apuesta por él y por la vida de fe y de Iglesia.
            El viernes nos explica el primer mensaje que como cristianos debemos vivir “Escucha, el Señor es nuestro Dios”, y esto nos llevará a vivir los mandamientos del amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a uno mismo. Estos tres amores, surgen de escuchar a Dios. Nuestra vida como cristianos es la escucha atenta de Dios en nuestra vida. Y su Palabra nos llevará a vivir el amor en las tres direcciones de nuestra vida; a Dios, como nuestro todo, al nosotros mismos, como creatura perfecta de Dios, al prójimo, como nuestro hermano y como semejante e imagen de Dios que es. En definitiva, se nos invita a vivir la plenitud en el amor.
            Por último, el sábado, se nos invita a que vivamos nuestra relación con Dios desde la humildad. No desde el prestigio, la fama o las apariencias. Nuestra relación con Dios, es un reconocernos pecadores, reconocer que no somos mejores que nadie y que somos unos pobres necesitados del amor y de la misericordia de Dios. Esto es lo que verdaderamente justificará nuestra vida cristiana. Nuestra vida cristiana debe ser una relación íntima y secreta con Dios, para después transmitir a los demás la alegría y el amor que me da esta relación.
            En esta tercera semana, reconozcámonos todos iguales ante los ojos de Dios, reconozcámonos necesitados de Él, y trasmitamos a los demás la alegría que nos da sabernos amados y salvados por Él.
FELIZ TERCERA SEMANA DE CUARESMA
Maximiliano García Folgueiras


[1] http://reflejosdeluz11.blogspot.com.es/