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sábado, 5 de marzo de 2016

Cuarta Semana de Cuaresma 2016


Nuestra fe nos impulsa a comprometernos con un mundo en el que con frecuencia no reina el altruismo y la donación. Queremos transmitir al mundo nuestro compromiso con el testimonio que Jesús nos dejó de darnos desde la acción a los otros.[1]

En esta cuarta semana de cuaresma, que comenzamos con el domingo Laetarae o domingo de la alegría, se nos invita, precisamente, a que compartamos nuestra alegría. Que compartamos la alegría del evangelio, la alegría de la fe. Que seamos unos cristianos activos, que no esperemos ninguna oportunidad especial para compartir nuestra fe, sino que cada momento, cada situación ya es una oportunidad real de poder compartir la alegría que nos da sabernos hijos amados de Dios. Esta es nuestra tarea como cristianos, tener una fe llena de obras de amor, de misericordia y de testimonio ante los demás.
El domingo comienza con una excelente catequesis sobre el perdón y la misericordia. Lo primero que nos dice es que no debemos sentirnos avergonzados por querer acercarnos al Señor, cuando nuestra vida está inmersa en el pecado. Jesús nos dice “que los publicanos y los pecadores solían acercarse a escucharle”. Esta es la realidad, Jesús está dispuesto a acoger a todos, pues Él ha venido a salvar a toda la humanidad, y como en otro lugar del evangelio nos recuerda “Los sanos no necesitan médico sino los enfermos”, y los que nos sentimos pecadores y débiles somos los que cada vez tenemos más necesidad de estar con aquel que tiene la solución de nuestras vidas, Jesucristo. Es verdad que esto, como nos recuerda el mismo evangelio, también nos traerá algún que otro problema, pues no faltaran los que nos recriminen que nos acercamos al Señor, con la vida que llevamos pues siempre ha ocurrido que “los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos”. Podemos pensar que no nos gusta la vida que llevamos, podemos opinar que estaríamos mejor en otro lugar o llevando otra vida y, de hecho, muchas veces optamos por dejarnos llevar de nuestras apetencias, como hizo el hijo pequeño con su padre, en el evangelio. Pero, cuando nos separamos del Señor, suele ocurrir que nos solemos dar cuanta del amor que Dios nos tiene, podemos llegar a recordar el mimo y el cuidado que Dios siempre pone en nosotros, sobre todo, si una vez alejados del Señor, las cosas no nos van mejor, sino que van a peor. Entonces, el Señor nos recuera que pensemos “¿Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí muero de hambre?” y es porque con el Señor, puede que las cosas no sean como nos gustan, puede que nuestra forma de pensar cambiara muchas cosas, pero la realidad es que lo verdaderamente importante para nuestra vida no nos falta, como es el amor y el perdón. Es entonces, cuando, como el hijo pródigo, querremos volver al Señor, arrepentidos. Seguramente nos da vergüenza. De hecho, yo a lo largo de mi vida, me he encontrado personas atemorizadas o con vergüenza, por el tiempo que llevaban alejadas del Señor y que no se atrevían a abrir su corazón, por lo que se pudiera pensar. Hoy el Señor nos recuerda que nos está esperando, que está deseando abrazarnos y darnos una nueva identidad como hijos suyos, que quiere que volvamos a Él, y que no nos avergoncemos, porque a Él no le importa tanto lo que hemos hecho, o el tiempo que hemos estado fuera, sino que volvamos a Él para recibir su abrazo, su perdón, su amor, y su salvación. Esto también puede traer consecuencias, pueden traer celos de otras personas, como del hijo mayor, ese que siempre cumple con lo establecido, ese que siempre cumple con las normas que la Iglesia tiene, ese que siempre se ha mantenido fiel ante las circunstancias, pero que cuando viene otro, no le sabe acoger, no quiere compartir su fe y su vida con él, de hecho, el evangelio nos dice que no quería entrar en la casa, no quiere compartir la fe, porque ve al otro como un obstáculo, como un rival o incluso como un aprovechado. Habría que preguntarse entonces, ¿Cómo ha vivido la fe esta persona realmente? El Padre también va a salir al encuentro de éste y también le va a pedir que entre en la casa, pues lo más grande que tenemos los creyentes es compartir nuestra fe. No hacer de nuestras iglesias o de nuestras parroquias, lugares de celos, lugares de confrontación, lugares de rivalidad, sino como el Señor nos enseña en este evangelio, hagamos de nuestra Iglesia, lugar de oración, de paz, de amor y de concordia, pues en ella todos estamos llamados a vivir con plenitud.
El lunes el Señor nos recuerda que la fe no es algo que se tenga que basar en los signos y en los milagros. Algo que a mí me hace mucho que pensar, pues en ciertos lugares, parece muchas veces, que es lo que busca la gente. Es verdad, que los signos y prodigios sirven para reforzar nuestra fe, sirven para ver la grandeza de Dios y nuestra inmensa pequeñez ante Él. Cuando yo he podido contemplar con mis ojos la acción poderosa de Dios, sólo me queda un sentimiento de recogimiento y de alabanza a Dios por su inmenso amor hacía nosotros. Pero si sólo basáramos nuestra fe en estos momentos, correríamos un tremendo riesgo a pensar que si no hay signos o prodigios es que Dios se ha olvidado de nosotros. Pues bien, el Señor nos recuerda que Él siempre actúa en favor nuestro, de una u otra forma, pero que su amor y su misericordia no nos abandona y que en todo momento está a nuestro lado para que seamos testigos de su amor para con nosotros.
El martes, nos recuerda la esperanza que debemos tener en el Señor. Sus tiempos no son los nuestros y esta realidad suele enervarnos, pues queremos querer respuestas pronto. Pero el Señor nos recuerda que siempre va a pasar a nuestro lado, nos recuerda que quizás estamos poniendo nuestra esperanza en lo equivocado, en lo pasajero, en lo erróneo. Que la solución está en Él, que no busquemos ninguna otra, pues Él pasará a nuestro lado para llenar nuestros vacíos, nuestras necesidades y llenarnos de su vida y de su salvación.
El miércoles nos da una nueva catequesis de humildad en nuestro comportamiento. El mismo Jesús nos dice “Yo no puedo hacer nada por mí mismo”. Esto lo dice ¡Jesús! Esto lo dice ¡El Hijo de Dios! ¡Cómo nosotros podemos pensar que lo podemos todo o casi todo? ¿Cómo podemos ser tan soberbios de pensar que somos más que Jesús? Si Jesús nos dice “No puedo hacer por mi cuenta nada que no vea hacer al Padre” creo que nos está dando en lo que más nos duele, en nuestros quehaceres, en nuestras tomas de decisión, en nuestras voluntariedades. Esto también nos sirve como criterio de discernimiento en cada situación, y no dejarnos llevar por lo que oímos, nos interesa o incluso aquello que pensamos que nos deja más tranquilos. Si Jesús nos aclara que Él, siendo Dios, cumplía la voluntad del Padre, aprendamos nosotros de esta actitud y pongamos nuestra atenta escucha en lo que Dios quiera para nosotros, así seguro que no nos equivocaremos y estaremos haciendo a los demás partícipes del Señor con nuestro ejemplo. Probablemente, actuando así, podamos ser impopulares, incluso algunos se nos echaran encima, “por eso los judíos tenían ganas de matar a Jesús”. Pero esa muerte es el paso a la verdadera vida. No nos dejemos engañar y apostemos por una vida íntegra, y busquemos la vida verdadera que Cristo nos trae.
Siguiendo la catequesis del miércoles, el jueves el Señor nos sigue alentando a que vayamos a Él para tener vida y vida en plenitud. Que ir a Él significa querer renunciar a nuestras apetencias para gozar de la vida del Señor. También este jueves nos habla de cómo debe ser nuestro testimonio. El Señor nos dice “Si doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es válido”. Esto es algo que podemos pensar que es lógico. Sin embargo, deberíamos hacer nuestro examen de conciencia y pensar cómo es nuestro testimonio, a quien estamos mostrando cuando actúo, cuando hablo, cuando predico. Entonces, posiblemente, caeremos en la cuenta de que, en muchos momentos, soy yo el que se está convirtiendo en el centro de mis acciones y de mis palabras. Este no es el testimonio que Dios quiere que demos, Dios quiere que le mostremos a Él en nuestras acciones y en nuestras palabras, como hizo Juan el Bautista. Él quiere que los demás, a través de nuestro testimonio vean un reflejo del amor de Dios. Este testimonio, no siempre será bien acogido, pues como nos recuerda el Señor, no todos están abiertos a recibir el mensaje de salvación que Él nos trae. Pero esto no debe ser excusa para dejar de dar testimonio cristocéntrico. De lo contrario estaríamos dando un testimonio egocéntrico, que de lo único que sirve es para engrosar personas a nuestro lado. Pero nuestra tarea como cristianos, no es engrosar personas a nuestro lado sino para Dios.
El viernes nos hablará de la coherencia de vida. Que la personas nos reconozcan por nuestras obras. Que no tengamos doblez y que seamos íntegros como Jesús nos enseña “A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo”. Que todos puedan ver al Señor en nosotros, que conociéndonos y viendo nuestro estilo de vida, los demás conozcan el nombre de Cristo y quieran adherirse a Él.
El Sábado nos alerta de que vivir para Él, de proclamar su nombre ante los demás, puede traer discordia. Desgraciadamente, esto lo podemos estar observando ya en nuestra sociedad, cuando observamos cómo quieren desacreditar una y otra vez a la Iglesia y la Religión. Esto ya nos lo alerta Cristo, pero Él nos aliente para seguir por el camino de la evangelización, nos alienta a seguir dando testimonio, como tantos mártires hicieron, n el nombre de Cristo, para que su nombre sea conocido y santificado en todos los lugares del mundo.
Esta semana, estamos exhortados a vivir en plenitud nuestra vida. Estamos llamados a gozarnos de ser cristianos, de sabernos amados y salvados por Dios. Y estamos convocados a hacer a los demás partícipes de esta noticia, con nuestro testimonio activos en cada lugar, en cada momento y a cada persona.
FELIZ CUARTA SEMANA DE CUARESMA.
Maximiliano García Folgueiras



[1] http://reflejosdeluz11.blogspot.com.es/

sábado, 27 de febrero de 2016

Tercera Semana de Cuaresma 2016



Ofrecer lo que somos a los demás no es sencillo, pero es altamente gratificante darse a los demás acogiendo y aceptando a todos por igual. Es mucho el bien que podemos hacer si salimos de nosotros mismos y nos ofrecemos a los otros.[1]
            Comenzamos la tercera semana de nuestro camino cuaresmal. En esta semana nos vamos a fijar en cómo nos damos a los demás. Cómo podemos salir de nosotros mismos y compartir con nuestro prójimo la alegría de la Fe. En este itinerario cuaresmal, estamos invitados a llevar a los otros nuestra vida cristiana y así ir haciendo de nuestro entorno una parcela del Reino de Dios.
            El Domingo El Señor comenzará su catequesis de esta semana haciéndonos una pregunta muy directa, ¿pensamos que los que tenemos al lado son más pecadores que nosotros, por la vida que pueden llevar? Muchas veces me he encontrado personas que juzgan a los demás, especialmente a los jóvenes, porque no se les ve en misa. Yo siempre he pensado, que por fortuna yo si que me he encontrado muchos jóvenes viviendo la fe con alegría. Y Siempre he respondido a esa afirmación haciendo una pregunta “¿Quién tiene la culpa? Quizás la tengamos todos porque nosotros, todos los que vivimos de alguna u otra manera la fe, no hemos sabido ni sabemos transmitirla a los demás, como algo alegre y que merece la pena. A nosotros, que somos los que tenemos la suerte de conocer a Cristo, es a los que se nos va a exigir que demos testimonio de Él. ¿lo estamos haciendo? ¿Has pensado por un momento en por qué esa persona a la que quizás estés juzgando sus acciones, por qué momento está pasando? ¿Nos interesamos por esa persona y hablamos con ella? O sólo ¿nos quedamos en la crítica y el juicio? La pregunta del Señor es muy directa para que reflexionemos sobre nuestros juicios y nuestras críticas. De hecho el Señor nos afirma “Si no os convertís”. Urge en nosotros la conversión. Urge en nosotros dar fruto. El Señor tiene paciencia con nosotros, seguirá esperando en nosotros, nos seguirá mandando pruebas de su amor incondicional hacia nosotros, como hizo con la Higuera seca que no daba fruto. Pero en nosotros está el dar fruto, en nosotros está el compartir la fe, la esperanza y la caridad con el que tenemos al lado. En nosotros está el realizar las obras de misericordia para con los demás. ¿Estamos dispuestos?
            El lunes nos recuerda que no debemos esperar que la gente nos aplauda por llevar el evangelio a los demás. Nos recuerda que seremos juzgados por aquellos que nos conocen. Los demás pensarán “y éste que viene a decirnos con lo que es su vida”. De ahí que el Señor nos diga “ningún profeta será bien mirado en su tierra”. Si, seremos juzgados y criticados, pero esto no debe llevarnos a dejar de ser profetas, testigos vivos de Dios en la tierra, en nuestro barrio, en nuestros trabajos, en nuestras familias. Siempre debemos llevar con nosotros la Palabra de Dios que ilumine, levante, anime, al necesitado, al perdido, al desamparado.
El martes El Señor nos recordará una de las cosas que más suele costar al ser humano, el perdón. Muchos, como Pedro, nos solemos preguntar “¿Hasta cuándo tenemos que perdonar? Y Jesús nos responde “siempre”. El perdón no es algo opinable, debe ser algo que nos lleve a la paz verdadera. El Señor nos recuerda que Él es paciente con nosotros, y que así lo debemos ser nosotros con los demás. ¿Qué pasaría si Dios no nos perdonas? ¿Qué pasaría si Dios no nos hubiese dejado el sacramento del perdón? Posiblemente nuestra vida estaría llena de amargura, resentimiento y por tanto de infelicidad. ¿Es esto lo que queremos? Seguro que no, por eso Dios, en su infinita misericordia, nos da el perdón, nos espera para abrazarnos, nos espera para levantarnos, nos espera para aliviarnos, nos espera para liberarnos. Ese es el gran amor de Dios. Y en este amor, nos recuerda que lo vivamos nosotros “perdona nuestras ofensas, como TAMBIÉN NOSOTROS PERDONAMOS a los que nos ofenden”. En mi vida, la experiencia que tengo es que cuando perdonas te liberas de una sensación de esclavitud y retomas la felicidad que Dios siempre te viene a dar.
            El miércoles se nos dice que la Dios ha venido a dar plenitud a la ley. Esa plenitud es Él mismo y su amor. Y nos dice que no podemos pensar en saltarnos esa plenitud, pues de lo contrario obtendríamos lo contrario a lo que Él nos quiere transmitir, vida, felicidad, amor y libertad.
            El jueves nos avisa de la radicalidad del seguimiento a Él. No hay término medio, “El que no está conmigo, está contra mí”. Si, ser cristiano es apostarlo todo por el Señor. No relajarnos, no vivir a medias. Pues una vida vivida a medias, no está bien vivida. Él quiere que la vivamos plenamente y que seamos coherentes con nuestra apuesta por él y por la vida de fe y de Iglesia.
            El viernes nos explica el primer mensaje que como cristianos debemos vivir “Escucha, el Señor es nuestro Dios”, y esto nos llevará a vivir los mandamientos del amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a uno mismo. Estos tres amores, surgen de escuchar a Dios. Nuestra vida como cristianos es la escucha atenta de Dios en nuestra vida. Y su Palabra nos llevará a vivir el amor en las tres direcciones de nuestra vida; a Dios, como nuestro todo, al nosotros mismos, como creatura perfecta de Dios, al prójimo, como nuestro hermano y como semejante e imagen de Dios que es. En definitiva, se nos invita a vivir la plenitud en el amor.
            Por último, el sábado, se nos invita a que vivamos nuestra relación con Dios desde la humildad. No desde el prestigio, la fama o las apariencias. Nuestra relación con Dios, es un reconocernos pecadores, reconocer que no somos mejores que nadie y que somos unos pobres necesitados del amor y de la misericordia de Dios. Esto es lo que verdaderamente justificará nuestra vida cristiana. Nuestra vida cristiana debe ser una relación íntima y secreta con Dios, para después transmitir a los demás la alegría y el amor que me da esta relación.
            En esta tercera semana, reconozcámonos todos iguales ante los ojos de Dios, reconozcámonos necesitados de Él, y trasmitamos a los demás la alegría que nos da sabernos amados y salvados por Él.
FELIZ TERCERA SEMANA DE CUARESMA
Maximiliano García Folgueiras


[1] http://reflejosdeluz11.blogspot.com.es/

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Adviento, tiempo de esperanza


    Esta es una reflexión que he hecho sobre el adviento. Espero que os ayude a vivir este tiempo de espera, con la ilusión de que Dios viene a salvarnos.
    Se me insiste en este adviento en no perder la esperanza. Una esperanza que no se basa en la mera teoría o palabrería, sino en la misma acción de Dios. Se me hace recordar en cómo Dios ha actuado a lo largo de mi vida. ¿Cómo dudar de ello? ¿Cómo dudar de algo que he vivido en primera persona? Es algo tan evidente que lo he vivido que no lo puedo negar, pues sería como negar mi propia existencia. Como dijo Descartes “pienso luego existo” yo podría decir “tengo experiencias luego existo”. Desde esta experiencia de la acción de Dios en mi vida, es como en muchos momentos de mi vida he podido decir como el salmista “el Señor ha estado grande con nosotros”. Ahora me doy cuenta de que no tengo porque dudar de que el Señor obra. Y Él siempre que obra lo hace por amor. Con Él es con quien mejor se entiende aquello de “obras son amores y no buenas razones”. En la perícopa de Lucas (Lc 7,19-23) se insiste precisamente en esto. La respuesta del Señor siempre es la acción, siempre actúa en favor de la salvación del hombre. Hoy una vez más, Jesucristo se encarga de recordarme que el adviento es ese tiempo propicio para echar una mirada a su acción en mi vida y esperar a que lleve a plenitud su obra de salvación en mi. La realidad, a veces dura y difícil que puede evitar esta visión, no puede ser más fuerte que la esperanza. Hoy más que nunca ha de resonar en mi corazón aquella afirmación <<la esperanza es lo último que se pierde>>. Son muchas cosas las que pueden debilitar esta esperanza, pero ante esas dudas hoy el Señor recuerda y dice “mira tu vida, mira tu pasado, mira todo lo que ha ocurrido en tu vida y observa todo lo que he hecho por ti”. ¿Cómo puedo dudar de esto? De ninguna de las maneras. Dios en su infinito amor me prueba que no se olvida de mi. Que Él seguirá actuando, aunque a veces me cueste verlo o ser consciente de ello. Me sigue pidiendo confianza, de que mi vida, con Él, sea la que sea, siempre será mejor. Él es paz, Él es amor, Él es alegría. Él promete que si estoy con Él, si espero en Él, mi vida gozará de aquello que más anhela, la paz y la serenidad que hacen feliz al hombre. Hoy le pido a Dios que haga posible esto en mi vida. Que me dé la gracia para esperar en él, que esta Navidad sea un verdadero encuentro con Él. El encuentro que dé el verdadero sentido a mi vida y a mi existir.

martes, 21 de julio de 2015

Ganar al final

Esta tarde he estado jugando a las cartas con mi madre. Desde el principio iba ganando yo, como vulgarmente se dice "dando una paliza". Después de estar toda la partida ganando,  cuando ya parecía que iba a ganar del todo, en la última partida, una jugada maestra de mi madre y he perdido. Ella ha sido la ganadora. Entonces yo me he preguntado: ¿De qué me ha servido ir ganando todo el juego? ¿Qué es más importante, ir ganando y perder o ganar al final?
¿cuántas veces en nuestra vida nos ha podido pasar esto? ¿cuántas veces parece que el éxito va con nosotros y todo termina en nada? San Pablo nos dice "todo lo estimo pérdida con tal de ganar a Cristo ". Lo importante es la meta final. A veces buscamos el éxito momentáneo pero ¿quejé pasa cuando ese éxito desaparece?  Entonces podemos pensar que no vale de nada. Las metas marcan las ilusiones del principio. Nadie comienza nada pensando en no llegar a la meta.  Esto es lo fundamental, pensar en llegar a la meta, mi madre aún perdiendo ha seguido jugando y a llegado a la meta victoriosa. y esto en un juego, pero, ¿y en la vida?  La meta de la vida es la Salvación y la gloria. Es a esa a la que tenemos que tender. No importa si en el camino hay dificultades y parece que no llegamos, lo importante es alcanzar la meta esperada de Cristo Señor y Salvador de la humanidad. Es aquí donde entra el pensar como San Pablo, de nada sirve ir ganando el juego si luego nos perdemos la Gloria. Todo a lo que podemos aspirar no es ganar juegos, sino la partida, y ésta su premio es la Vida Eterna y Plena que nos promete Cristo.
¿Quieres  ganar los juegos o la partida?

lunes, 13 de julio de 2015

El sentido de la vida está en el amor de Dios

En esta semana el Papa nos ha dicho:"El amor compasivo de Cristo es lo que nos da la libertad y la felicidad verdaderas." Y "Qué hermoso es anunciar a todos el amor de Dios que nos salva y da sentido a nuestra vida.". En estas dos frases el Santo Padre, creo nos da a entender la clave para vivir un auténtico  cristianismo, vivir el amor compasivo de Dios con la propia vida. En mi vida me encuentro con muchas personas que nunca se han preguntado para qué están en este mundo,  en definitiva  nunca se han preguntado por el sentido de sus vidas. En estas personas he encontrado un modo de vida muy temporal pues se basan en los momentos pasajeros.  Si estos son buenos, pues se lo pasan bien, si son malos, entonces es cuando la vida no tiene sentido, como si fuese un castigo para la persona. También me he encontrado personas que afirman que el sentido de su vida es el vivir bien. Pero entonces, uno se da cuenta que  estas personas cuando no les va bien, su vida ya no tiene sentido. En un caso y otro, de estas personas, la vida, si no va bien,  si vienen dificultades, ya no tiene sentido. Ojalá no hubiese dificultades, podríamos pensar, pero la realidad es que  éstas vienen y hay que  afrontarlas para seguir creciendo como personas. Es entonces cuando uno ha de escuchar al Papa, que nos recuerda que lo que da sentido a la vida es el amor de Dios que salva. Y con nuestras vidas anunciar este amor, para que  otros puedan encontrar, igualmente, el sentido de sus vidas. No hay otra cosa más importante que sabernos salvados por Dios, de sabernos amados y predilectos de Dios. Si me sé  salvado, esos momentos difíciles  los afrontaré desde la misma salvación y no desde el pensar que aún me tengo que salvar. Entonces afrontaré esos momentos con la decisión de salir adelante y no pensar que no es posible salir. Desgraciadamente muchas personas lo viven desde el derrotismo y es ahí cuando caen el terribles errores con peores consecuencias. Desde esta verdad es desde donde adquiere relevancia lo que  también afirma el Papa Francisco de que es el amor de Dios el que nos da la felicidad y la libertad verdaderas. No puede ser de otra manera. Nuestro buen Dios llena nuestra vida de amor y misericordia. Ya no tenemos que  mendigar amor, podemos ser libres, Dios ha roto nuestras cadenas para hacernos libres y no marionetas de nada ni de nadie. Y es esta libertad la que nos lleva  ser felices.
Sólo el amor de Dios nos hace descubrir que  somos importantes. No hace falta que  hagamos nada ante los demás para ser alguien. Ya somos alguien, y quizás lo más importante, somos hijos amados y predilectos de Dios, llamados a vivir la plenitud de la vida. Para esto vino Jesucristo y a esto somos invitados. yo no quiero faltar a esa invitación, espero que tú, que estás leyendo esto, tampoco, y aceptes también la invitación de ser feliz descubriendo el sentido de tu vida en su amor.
Maximilano García Folgueiras

sábado, 27 de junio de 2015

valorar lo que tenemos


Valorar lo que tenemos

            Muchas veces en nuestra vida no sabemos dar valor a lo que tenemos. Esto es lo que entristece y empobrece la vida humana. Muchos momentos, es la sociedad la que no ayuda a vivir bien con lo que uno tiene, y nos creemos en el derecho de burlarnos y reírnos de aquellos que están más necesitados.
            Cuando pasamos por necesidad, en muchas ocasiones podemos pensar que la vida no tiene sentido. Nos resignamos a vivir en esa situación, o buscamos salidas rápidas pero no mejores. Es en estos momentos cuando más nos fijamos en lo que tienen los demás y no en lo que tenemos nosotros. Entonces surge en nosotros unos sentimientos de envidia de querer tener aquello que pensamos que necesitamos y aquello con lo que pensamos que seriamos mucho más felices. Pensamos que Dios o que la suerte nos ha abandonado y no nos acompaña, y que si tuviéramos esto o aquello, viviríamos mejor y saldríamos de la situación de necesidad. Pero la pregunta es, ¿merece la pena tener más cosas para no poder disfrutarlas y vivir felices? La respuesta clara es no. La respuesta de cada uno no puede ser otra que no sea la de valorar lo que tiene. Quizás no sea tan bueno, o tan bonito como otros, pero es lo que tenemos. Valorar nuestra capacidad para disfrutar de la vida. En el fondo valorar lo que somos y lo que tenemos y vivir en plenitud. “he venido para que tengáis vida y vida en plenitud” nos dice Jesús en el evangelio. Escuchemos estas palabras, y vivámoslas en plenitud con lo que tenemos. Esforzándonos por mejorar, pero viviendo sin envidias y recelos a los demás. No olvidemos que la primera “guerra” de la sociedad, vino provocada por una envidia entre hermanos, cuando Caín mató a su hermano Abel. No queramos vivir nosotros así. Vivamos en plenitud haciendo de esta vida, la mejor vida que podamos vivir

Maximiliano García Folgueiras

miércoles, 18 de marzo de 2015

La felicidad

LA FELICIDAD
A pesar de los defectos, de las ansiedades, de las irritaciones, de los problemas, nuestra vida es lo más importante que tenemos. Depende de nosotros el cuidar nuestra vida. No podemos pretender que sean otros los que la cuiden. Una de las mejores ideas para cuidarnos es darnos cuenta de las personas que, por las circunstancias que sean, nos necesitan, nos admiran y nos quieren. Algo fundamental es que nos fijemos en esas circunstancias y las potenciemos en nuestra vida, este es uno de los grandes medios para ser feliz.
La felicidad no es algo que nos exima de las tempestades, de los accidentes, de los cansancios, de las decepciones. En toda vida esto, lo más probable, es que se dé. No por ello significa que no se pueda ser feliz, pues estaríamos diciendo que en la vida no se podría ser feliz. Con lo cual, estaríamos afirmando que la vida es algo que el mismo ser humano no podría aguantar. Con esto, caeríamos en una enorme contradicción, pues estaríamos diciendo: “la vida es lo más importante que tenemos, pero el ser humano no lo puede aguantar”.
Es claro que la vida es lo más importante que tenemos, pues sin ella no habría nada. De ahí que hay que descubrir cómo la vida está llamada a ser feliz, a pesar de todas las vicisitudes que nos puedan venir. La felicidad siempre es posible, pero para ello hay una difícil tarea, que no imposible, la de encontrar fuerzas, esperanza, seguridad y amor en cada momento, aunque estos sean difíciles y duros.
La felicidad nos llama a aprender de cada momento. De todos los momentos buenos y plácidos, saber valorarlos, conmemorarlos y alegrarnos con ellos. Pero cuando los momentos están llenos de tristeza y de fracaso hay que saber reflexionar y aprender las lecciones. Sólo se esta manera iremos madurando como personas y creciendo en sabiduría sobre nuestra propia vida. Así llegaremos a poder responder la pregunta de ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿De qué soy capaz? ¿Hasta dónde puedo llegar? Y vivir en plenitud la vida. A esto nos invita Jesús de Nazaret cuando nos dice “he venido a que tengáis vida y vida en plenitud”. Para todos, es evidente, que esta llamada nos motiva, seamos creyentes o no. Pues entonces, ¿Por qué no hacemos lo posible para vivir así? ¿Por qué no ayudamos a los demás a vivir de esta manera? Seguramente todos seríamos mucho más felices en esta sociedad en la que nos ha tocado vivir.
Ser feliz es reconocer que vale la pena vivir la vida, a pesar de todos los desafíos, incomprensiones y períodos de crisis. La vida, como he repetido varias veces, es lo más importante que tenemos. Nada ni nadie puede hacer que menospreciemos su valor. Cualquier situación, por dura que ésta sea, no puede desmotivarnos de la posibilidad de seguir viviendo la vida. Vale la pena vivir, porque cada día se nos da una nueva posibilidad para descubrir la belleza de lo que nos rodea. Cada día se nos da la oportunidad de disfrutar con nuestro entorno físico y humano. Cada día se nos ofrece el poder afrontar cada momento y cada situación con la esperanza de que todo va a salir bien.
La felicidad es salir de nuestro yo. La felicidad es salir de nuestros victimismos. La felicidad es salir de nuestros pesimismos y afrontar la vida como un reto que se nos ofrece cada día para ser yo mismo en medio de los avatares de la vida y apostar por ser agradecido y no estar en la queja de cada cosa.
La felicidad es apostar por la valentía hacía el miedo, que nos paraliza y nos impide ser libres. Es tener valentía para saber aceptarme tal y como soy, con mis virtudes y con mis defectos y tener la seguridad de recibir una crítica o una corrección y saber acogerla. Saber que nos podemos equivocar y no por eso ya se termina todo. Saber que estamos necesitados de los demás. Saber que con nuestras solas fuerzas no lo podemos todo, pero esto no significa que ya anulemos nuestra valía. A pesar de nuestras limitaciones y equívocos, tenemos la capacidad para comenzar de nuevo, de la manera correcta, rectificando errores del pasado.
La felicidad también implica altruismo. Implica llevar amor, confianza, cercanía a las personas de nuestro alrededor.

Felicidad no es sinónimo de perfección, sino de saber aprovechar cada momento de nuestra vida y vivirlo con plenitud, aprovechando cada momento al máximo, no dejando que nada ni nadie se interponga a nuestra vida y a nuestro destino: LA FELICIDAD.