En nuestra vida se hace muy necesario el pararse de todas las prisas que llevamos habitualmente. Es necesario reflexionar sobre lo que ocurre a nuestro alrededor y no vivir como si fuésemos ajenos a lo externo. Hoy más que nunca urge saber dar una mirada creyente y esperanzadora ante un mundo en crisis. Nos disponemos a ofrecer una serie de reflexiones que nos ayuden a descubrir lo que hay a nuestro lado y dar una respuesta creyente y comprometida ante las distintas situaciones.
martes, 22 de diciembre de 2015
miércoles, 16 de diciembre de 2015
Adviento, tiempo de esperanza
Esta es una reflexión que he hecho sobre el adviento. Espero que os ayude a vivir este tiempo de espera, con la ilusión de que Dios viene a salvarnos.
Se me insiste en este adviento en no perder la esperanza. Una
esperanza que no se basa en la mera teoría o palabrería, sino en
la misma acción de Dios. Se me hace recordar en cómo Dios ha
actuado a lo largo de mi vida. ¿Cómo dudar de ello? ¿Cómo dudar
de algo que he vivido en primera persona? Es algo tan evidente que
lo he vivido que no lo puedo negar, pues sería como negar mi propia
existencia. Como dijo Descartes “pienso luego existo” yo podría
decir “tengo experiencias luego existo”. Desde esta experiencia
de la acción de Dios en mi vida, es como en muchos momentos de mi
vida he podido decir como el salmista “el Señor ha estado grande
con nosotros”. Ahora me doy cuenta de que no tengo porque dudar de
que el Señor obra. Y Él siempre que obra lo hace por amor. Con Él
es con quien mejor se entiende aquello de “obras son amores y no
buenas razones”. En la perícopa de Lucas (Lc 7,19-23) se insiste
precisamente en esto. La respuesta del Señor siempre es la acción,
siempre actúa en favor de la salvación del hombre. Hoy una vez
más, Jesucristo se encarga de recordarme que el adviento es ese
tiempo propicio para echar una mirada a su acción en mi vida y
esperar a que lleve a plenitud su obra de salvación en mi. La
realidad, a veces dura y difícil que puede evitar esta visión, no
puede ser más fuerte que la esperanza. Hoy más que nunca ha de
resonar en mi corazón aquella afirmación <<la esperanza es
lo último que se pierde>>. Son muchas cosas las que pueden
debilitar esta esperanza, pero ante esas dudas hoy el Señor
recuerda y dice “mira tu vida, mira tu pasado, mira todo lo que ha
ocurrido en tu vida y observa todo lo que he hecho por ti”. ¿Cómo
puedo dudar de esto? De ninguna de las maneras. Dios en su infinito
amor me prueba que no se olvida de mi. Que Él seguirá actuando,
aunque a veces me cueste verlo o ser consciente de ello. Me sigue
pidiendo confianza, de que mi vida, con Él, sea la que sea, siempre
será mejor. Él es paz, Él es amor, Él es alegría. Él promete
que si estoy con Él, si espero en Él, mi vida gozará de aquello
que más anhela, la paz y la serenidad que hacen feliz al hombre.
Hoy le pido a Dios que haga posible esto en mi vida. Que me dé la
gracia para esperar en él, que esta Navidad sea un verdadero
encuentro con Él. El encuentro que dé el verdadero sentido a mi
vida y a mi existir.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
El Don de Piedad
EL
DON DE PIEDAD
El
don de Piedad muchas veces está mal entendido. Quizá porque solemos usar este
término en muchas situaciones diferentes, lo que ha desvirtuado el verdadero
sentido y significado de la Piedad. Hoy se puede entender este don como el
tener compasión por alguien “ten piedad de él y déjale marchar”. Tener piedad
no es otra cosa sino ser conscientes de que pertenecemos a Dios, y que esta
pertenencia es la que da verdadero sentido a nuestra vida. Saber que
pertenecemos a Dios es lo que nos hace mantenernos unidos a Él, incluso en los
momentos más difíciles que podamos pasar por nuestra vida. Evidentemente, si
concebimos esta pertenencia como una obligación, no tendría sentido, porque
estaríamos afirmando que Dios nos ha hecho sus esclavos para que pertenezcamos
a Él y no tengamos ninguna otra opción. Pero esta afirmación, hablaría de un
Dios mezquino e injusto, el cual no es el que nosotros profesamos en el Credo,
un Dios de amor que vino a liberarnos de la esclavitud del pecado. Es desde
este amor que Dios derramó en nosotros, desde el que nos ha de brotar la gratitud
y la alabanza a nuestro Dios; y esto no es otra cosa sino los frutos del don de
la piedad. Por lo tanto, el don de la piedad no es el pietismo. No es ir por la
calle “meando agua bendita”; no es ir con los ojos cerrados, ni, como decía el
Papa Francisco en una de las audiencias de los miércoles, “ir con cara de
estampita”. Sino es “ser capaz de gozar con quien está alegre, llorar con quien
llora, estar cerca de quien está solo o angustiado, de corregir a quien está en
un error, de consolar a quien está afligido, de acoger y socorrer a quien está
necesitado” (Papa Francisco). Vivir el don de piedad es hacer vida en nuestras
vidas aquello que nos dijo el Señor: “estuve enfermo, preso, hambriento,
sediento, desnudo, y me socorriste. Cuando a uno de mis pequeños hermanos lo
hiciste, a mí me lo hiciste”. (Cf. Mt25,35-40)
El
Espíritu Santo mediante el don de la piedad es el que nos hace ver a Dios como
Padre y al hombre como nuestro hermano. Todos somos hijos, que por el don de
piedad, exclamamos “Abba Padre”. En el fondo el don de piedad es el que nos
hace confesar un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y
Padre (Ef 4,5-6). Esto se traduce, como vivir mi vida como cristiano, hijo de
Dios, hermano en Cristo de todas las demás personas.
El
don de piedad es el que nos empuja a vivir la confianza filial. Es el que nos
empuja a confiar plenamente en Dios nuestro padre “como el más fuerte del
mundo, de los niños”, con el que estamos seguros, pues Él conoce cuanto
necesitamos en cada momento. Saber que él lo sabe y lo cubrirá, pero tener
confianza en ello y saber esperar, pues los tiempos y las maneras de Dios, no
tienen por qué coincidir con los tiempos y las maneras del hombre. Vivir como
verdaderos hijos de Dios, nos hace vivir como hermanos, en amor y servicio a
los demás. Como hacían las primeras comunidades cristianas, poniendo todos los
bienes en común. Y no tenemos que entender bienes, como cosas materiales, que sí
podemos también, sino todo aquello que yo poseo y que puedo poner en servicio y
en amor por el que tengo al lado.
Todo
lo contrario a vivir con el don de la piedad, es el egoísmo. Es la dureza de
corazón. Es el hacernos impasibles ante las necesidades y ante el sufrimiento
humano que puede haber a nuestro alrededor. Es cerrar los ojos a la realidad y
vivir sin importarme lo que ocurre a mi lado. Es vivir centrado únicamente en
lo mío y nada más.
¿Qué
podemos hacer para recibir y vivir en nuestro día a día este Don?
1.
Venerar al Creador. Seguir el ejemplo que
nos dejó San Francisco de Asís, de contemplar la grandeza de la Creación y
reconocerla como don de Dios para mi realización como persona y como cristiano.
2.
Ser conscientes, en palabras de San Pablo
que “todo es nuestro, nosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1Co3,23).
3.
Vivir el mandamiento que nos dejó Cristo:
“amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.
Maximiliano García Folgueiras
martes, 15 de septiembre de 2015
Exaltación de la Cruz
La
exaltación de la Santa Cruz
Hoy día 14 de septiembre,
la Iglesia celebra una fiesta importante, la Exaltación de la Santa Cruz, que
no es otra cosa, sino celebrar el hallazgo de la Cruz donde Cristo murió por
nosotros. Puede resultar curioso que una cruz se exalte. Que un instrumento de
tortura y de muerte se exalte. Acaso los cristianos ¿estamos locos? No. Los
cristianos no exaltamos la cruz como signo de tortura y de muerte, sino de paz,
de amor, de vida, de salvación. Esto es lo que celebra la Iglesia y lo que hoy
nos anima a seguir viviendo.
En esta fiesta, siguiendo
la propia liturgia del día, nos invita a fijarnos en el pueblo que anda
extenuado. ¿Cuántos a nuestro alrededor andan sin fuerzas? ¿Cuántos a nuestro
alrededor están tan cansados de luchar que quieren tirar la toalla? Y ante esta
realidad tan dura, ¿Cuál es nuestra respuesta? Hoy se nos invita a ponernos de
lado de los que están padeciendo la cruz, de animarles y de motivarles a seguir
con entereza la dureza de su camino. Caminando con ellos, siendo hoy, los
nuevos cireneos que ayudan a llevar las pesadas cruces a los demás. En
definitiva, en esta festividad, a lo primero que se nos invita es a que seamos
sensibles ante las necesidades de los demás.
También vemos, que ese
pueblo extenuado se queja contra el Señor. Es normal, cualquiera de nosotros
también lo hacemos. Nos van las cosas mal y podemos pensar que Dios se ha
olvidado de nosotros, o que ya no le importamos. Pero nada más lejos de la
realidad. No obstante, ese mismo pueblo que ya no podía más, se fija en que entre
ellos, hay uno que puede tener respuesta y solución a sus debilidades. Dios
siempre pone medios para que podamos retomar las esperanzas. Ese pueblo se fijó
en Moisés. Hoy cabría la pregunta de ¿Cuántos Moisés tenemos hoy a nuestro
lado? ¿Cuántas personas nos alientan, nos animan, nos ayudan, etc? Hoy es un
día especial para fijarnos en que Dios no abandona a sus hijos. Siempre está
dispuesto a atenderlo, aunque a veces, su manera de responder a nuestras
debilidades, sufrimientos o necesidades, no sean las que nosotros estábamos
esperando. Pero Dios, en cada momento, nos da lo que más necesitamos para salir
victoriosos ante las dificultades.
Otra cosa impresionante
que podemos resaltar de este día es la impresionante humildad de Dios. El
ejemplo más claro de que la grandeza no está en los alardes de poderío, que al
hombre tanto le gusta. Dios, siendo Dios no hizo alarde de su categoría y se
despojó de su rango. ¿No es impresionante? ¿Cuántos hoy pueden decir esto de sí
mismos? Hoy en la sociedad gusta mucho eso de publicar los méritos de uno, sus
logros, sus victorias, etc. Dios hoy nos hace una pregunta ¿De qué sirve todo
esto? Para vanagloriarnos por unos momentos, por un tiempo, pero después, nos
haremos mayores, pasarán esos momentos gloriosos y nadie, o muy pocos, se
acordarán de nosotros. Sin embargo, Dios, siendo Dios, pasó por el mundo como
uno de tantos, actuó como un hombre más, dando ejemplo, de que la categoría de
uno hay que ponerla al servicio de los demás. Dios, en el servicio de la
Salvación del hombre, entregó a su Hijo en una cruz, como los ladrones,
maleantes, etc. Ahí es donde Dios entregó a su Hijo. Y lejos de ser una burla y
un escarnio, fue la mayor obra de servicio para la humanidad, pues de ahí
surgió la Salvación y la Vida Eterna.
¡Cuánto tenemos que
aprender de esta festividad! Ojalá nuestra vida sea un abajamiento de nuestra
vanidad, para dar gloria, honor y majestad al único que lo merece, Cristo,
nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Maximiliano García
Folgueiras
Ser fermento cristiano en la sociedad
Ser
fermento cristiano en la Sociedad
El Papa Francisco el pasado 26 de marzo nos dijo: “Los
fieles laicos están llamados a ser fermento de vida cristiana en la sociedad”.
Ante esta afirmación deberíamos caer en la cuenta de que los cristianos estamos
llamados a Evangelizar y dar testimonio de Cristo. Esto es deber de todos los
bautizados, ser fermento, motivo para que los demás vean en nosotros a Jesús, e
inducir a los demás a seguirle también. Debemos ser conscientes que nuestra
labor es ser levadura en la masa, ejemplo y testimonio en la sociedad, y no
guardarnos nuestra fe para nosotros. Estamos llamados a buscar ocasiones para
anunciar a Cristo y a trasmitir la fe.
Los primeros cristianos fueron muy conscientes de su
misión de evangelizar con sus actividades, siguiente así el mandato misionero
de Jesús: “Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Yo estaré con vosotros
hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). Así, el Resucitado envía a los suyos a
predicar el Evangelio en todo tiempo y por todas partes, de manera que la fe en
Él se difunda en cada rincón de la tierra.
En la sociedad actual, cada uno de nosotros estamos
llamados a compartir la alegría del Evangelio, de saber que Dios está presente
en cada uno de nosotros. La finalidad es que los demás encuentren a Dios en
nuestro corazón, siendo ejemplo de Jesús con nuestras acciones. Así Cristo
reinará en nuestra alma, y en las almas de los que nos rodean.
Pero nuestro ejemplo como laicos debe hacerse de una
manera sencilla y humilde dentro de la Iglesia, sin vivir de manera
protagonista con nuestros actos. La labor del laico es cumplir con el
compromiso adquirido en el Bautismo y la Confirmación, pero sin excederse en
sus funciones. Hay que tener en cuenta que la función del laico es diferente a
la del clero, aunque también desempañe labores dentro de la Iglesia. Su misión
se debe dar especialmente en otros ámbitos en los que él está inmerso, sobre
todo la familia, el trabajo y, en definitiva, todas las relaciones en las que
se ve envuelto en su cotidianidad.
Para terminar, quiero hacer referencia al del Concilio
Vaticano II, de la Constitución "Lumen Gentium 31 y Gaudium et spes
43" lo siguiente:
"A los laicos corresponde, por propia vocación,
tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y
ordenándolos según Dios."
"El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos
de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus
deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se
equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad
permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas
temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al
más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la propia vocación personal de
cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan
que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen
ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a
ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales.
El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como
uno de los más graves errores de nuestra época.”
Como resumen a lo dicho me parece oportuno citar a
ChL33: “Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen
la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y
comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y
por los dones del Espíritu Santo.
Leemos en un texto límpido y denso de significado del
Concilio Vaticano II: «Como partícipes del oficio de Cristo sacerdote, profeta
y rey, los laicos tienen su parte activa en la vida y en la acción de la
Iglesia (...). Alimentados por la activa participación en la vida litúrgica de
la propia comunidad, participan con diligencia en las obras apostólicas de la
misma; conducen a la Iglesia a los hombres que quizás viven alejados de Ella;
cooperan con empeño en comunicar la palabra de Dios, especialmente mediante la
enseñanza del catecismo; poniendo a disposición su competencia, hacen más
eficaz la cura de almas y también la administración de los bienes de la
Iglesia».
Es en la evangelización donde se concentra y
se despliega la entera misión de la Iglesia, cuyo caminar en la historia avanza
movido por la gracia y el mandato de Jesucristo: «Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15); «Y sabed que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).
«Evangelizar —ha escrito Pablo VI— es la gracia y la vocación propia de la
Iglesia, su identidad más profunda».
Por la evangelización la Iglesia es construida y
plasmada como comunidad de fe; más precisamente, como comunidad de
una fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en
los sacramentos, vivida en la caridad como alma de la existencia
moral cristiana. En efecto, la «buena nueva» tiende a suscitar en el corazón y
en la vida del hombre la conversión y la adhesión personal a Jesucristo
Salvador y Señor; dispone al Bautismo y a la Eucaristía y se consolida en el
propósito y en la realización de la nueva vida según el Espíritu.
En verdad, el imperativo de Jesús: «Id y predicad el
Evangelio» mantiene siempre vivo su valor, y está cargado de una urgencia que no
puede decaer. Sin embargo, la actual situación, no sólo del mundo,
sino también de tantas partes de la Iglesia, exige absolutamente que la
palabra de Cristo reciba una obediencia más rápida y generosa. Cada
discípulo es llamado en primera persona; ningún discípulo puede escamotear su
propia respuesta: « ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9,
16).”
Maximiliano García
Folgueiras
jueves, 10 de septiembre de 2015
Mis Reflexiones: Noa nosotros Señor, sino a tu nombre sea dada la ...
Mis Reflexiones:
Noa nosotros Señor, sino a tu nombre sea dada la ...: No a nosotros Señor, sino a tu nombre sea dada la gloria “Que cada uno, con el don que ha recibido, se ponga al servicio de los de...
Noa nosotros Señor, sino a tu nombre sea dada la ...: No a nosotros Señor, sino a tu nombre sea dada la gloria “Que cada uno, con el don que ha recibido, se ponga al servicio de los de...
No a nosotros la gloria
No
a nosotros Señor, sino a tu nombre sea dada la gloria
“Que
cada uno, con el don que ha recibido, se ponga al servicio de los demás, como
buenos administradores de la gracia de Dios. El que toma la palabra, que hable
palabra de Dios. El que se dedica al servicio, que lo haga en virtud del
encargo recibido de Dios. Así, Dios será glorificado en todo, por medio de
Jesucristo” (1Ped 4,10-11).
Qué gran Palabra y qué
bueno es Dios. No me cabe otra forma de expresar esta lectura del apóstol
Pedro.
El Señor, nos pide en
esta lectura ser administradores de su gracia. Pero ¿Cómo se es administrador?
No con papeles, no con cuentas, no con despachos, poniéndose al servicio. Es
decir, administrar sirviendo, y ¿sirviendo a quién? A los demás, a las personas
y no a las instituciones ni a los cargos. Poniéndonos como los últimos para
llevar a los demás al encuentro con Cristo. Esto es ser un verdadero
administrador de la gracia de Dios.
Algo, muy importante en
el administrar la gracia de Dios, es ponerse en las manos de Dios. Es saber
escuchar y saber realizar la misión que Dios nos encomienda en cada momento,
allá donde estemos. Ser administrador de la gracia de Dios es ponerse al
servicio de Dios. Esto da miedo si lo pensamos humanamente. Pero Dios nos da su
gracia y sus dones para realizarlo. De ahí que cada uno ponga al servicio de
los demás los dones que ha recibido. Sólo de esta manera seremos
administradores. Si procuramos ser administradores en los despachos, con los
papeles y con las cuentas, ¿A quién servimos? ¿A Dios o a los papeles?. Dios
quiere que le sirvamos a Él. Y para ello, escucharle y llevar su amor a los
demás. La meta de nuestro servicio, no es la fama, el honor y la gloria, sino
que Dios sea glorificado en todo.
No dejemos llevarnos por
las tentaciones humanas, y sigamos el mandato de amor de Cristo, sirviendo a
los hombres y llevándoles a la plenitud de sus vidas en el encuentro con el
Señor. No a nosotros, Señor, no a nosotros sea dada la Gloria, sino siempre a
tu nombre.
Maximiliano
García Folgueiras
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