«Ésta
es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su
pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus
ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo
ha pasado. Y el que estaba sentado en el trono dijo: “Todo lo hago nuevo”». (Ap
21,3-5a).
Esta es una de las grandes noticias que tenemos los
cristianos. Gracias al amor de Dios, gracias a la Resurrección de Jesucristo,
los cristianos soñamos y anhelamos esa vida sin muerte, sin luto, sin llanto y
sin dolor. Os creyentes esperamos la vida eterna y gloriosa que Dios nos
promete. Esperamos una vida nueva en la resurrección, donde gozaremos de la
presencia de nuestro Dios por días sin término. Esta es realmente la novedad
del cristiano, que somos pueblo de Dios, que Dios está con nosotros y que con
Él nada nos falta, pues Él es la plenitud de la Vida.
«Hijos
míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os
améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal
por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a
otros» (Jn 13,33-35).
El Señor se despide de nosotros. Esta es una noticia que
nos puede dar pena, que nos puede hacer que nos entren los nervios e incluso
los miedos. Podríamos preguntarnos “¿y ahora qué hacemos? ¿qué será de
nosotros? Si Jesús se va ¿Por dónde caminamos nosotros ahora?” Preguntas, todas
ellas muy lógicas desde el punto de vista humano. Pero Jesús se adelanta a
nosotros y nos dice cuál es nuestra misión como cristianos, cuál debe ser
nuestra actitud una vez que Él se vaya. Esta actitud no puede ser otra que la
del amor. La del amor entre nosotros. Ser testimonio vivo del amor de Dios hoy
en el mundo. Ser testimonio de unidad entre nosotros. Esto es algo que me
preocupa bastante, pues es precisamente entre nosotros cuando muchas veces
somos el antitestimonio de esta petición de Jesucristo, pues en nosotros,
muchas veces se da las envidias, los celos, los rencores, las maledicencias,
etc. Todo esto no hace sino contradecir el mandato de Jesucristo. Todo porque
Él no está y ya parece que podemos hacer lo que queremos, como esos niños de la
escuela que cuando sale el profesor del aula piensan que es la oportunidad para
hablar y armar alboroto. No sea así entre nosotros. Sigamos hoy escuchando la
misión que nos ha encomendado el Señor, amarnos los unos a los otros. Que el
amor sea nuestra identidad cristiana. No puede ser otra señal más propicia de
demostrar al mundo que el amor de Dios sigue presente entre nosotros, en espera
de gozarlo definitivamente con Él, en la vida gloriosa y resucitada. Hoy en el
mundo debemos vivir entre nosotros este amor, de una manera adelantada, pero
haciendo, de alguna manera, presente ya el amor resucitado de Cristo.
¿Queremos ser discípulos
de Cristo? Vivamos el amor, vivamos la alegría de la Resurrección, vivamos la
esperanza de que el Señor hace nuevas todas las cosas, incluso nuestra vida.
Vivamos con la esperanza y la certeza de que, si nos ponemos en las manos de
Dios, Él cambia nuestra vida, la hace nueva, la hace dichosa, la hace
testimonio vivo de su amor entre nosotros. Si queremos ser discípulos de
Cristo, no nos queda más opción que escuchar su Palabra y hacerla viva entre
nosotros, en cada acontecimiento, en cada situación, con cada persona. El amor
de Dios lo puede todo. Vivamos de este amor, y demostremos al mundo que la
única fuerza capaz de cambiar cualquier situación es el amor.
Maximiliano García
Folgueiras
Es impresionante el amor cuando uno lo siente muy dentro del corazón nada se pone por delante es capaz de dar todo, por aquellos a quienes amas
ResponderEliminar