SEGUNDA
SEMANA DE CUARESMA
Todos somos diferentes, pero a
veces nuestras diferencias no nos acercan a los otros, sino que nos distancian.
Queremos que la diferencia que marque nuestra vida sea la del amor verdadero
que nos mostró Jesús en su mensaje.[1]
En esta Segunda Semana de Cuaresma se nos pide a todos
los creyentes que vivamos de la igualdad que Dios nos da en la condición de
hijos suyos. En el fondo todos somos distintos porque todos tenemos una
importancia clave en el proyecto de Dios en el mundo. La importancia de uno y
de otro es la misma a pesar de ser diferente. Lo importante es que todos
encontremos nuestra complementariedad, los unos a los otros. Y desde esta
complementariedad seguir construyendo el Reino que Dios nos tiene prometido, el
Reino de la Paz, de la Justicia y del Amor. Para ello en esta semana Jesús nos
va a dar las claves para ir construyéndolo.
El Domingo comienza
recordándonos la verdadera necesidad que tenemos los creyentes de la oración.
El mismo Jesús comienza la semana diciéndonos que Él mismo subió a lo alto de
la montaña a orar. Si Él siendo Dios oraba, ¿Cómo nosotros podemos pensar que
no lo necesitamos? Tomemos esta actitud de Cristo. Allí, mientras oraba, tuvo
lugar la Transfiguración, dónde se podía contemplar la Gloria de Dios. Y es que
Dios cuando nos habla en la oración, esa Palabra ha de cambiar también nuestra
vida. Nos debe hacer conscientes de que la Gloria es de Dios y no nuestra. Y que
nuestra vida debe ser una continua alabanza a la Gloria de Dios. Y por
supuesto, no nos podemos quedar con esos grandes momentos, en los que sentimos
a Dios muy cerca nuestro, sino que debemos bajar a nuestra vida diaria a seguir
proclamando esa Gloria de Dios que hemos experimentado en la oración.
El lunes nos recuerda que
debemos vivir de la experiencia de la Transfiguración. No nos podemos quedar
con los conocimientos teóricos que podemos tener. Jesús nos pregunta “¿Quién
dice la gente que soy yo? ¿Quién decís vosotros que soy yo?”. Ante esta
pregunta podemos dar respuestas que hemos leído o estudiado en los libros, o
mejor, podemos dar una respuesta desde el corazón y desde nuestra experiencia
del amor de Dios. Esta es la respuesta válida y nos lleva la bendición de Dios “Dichoso
tú, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que
está en el cielo”. Esta bendición de Dios lleva consigo una misión, transmitir
esa noticia a los demás. No guardarla en nuestro corazón, sino darla a conocer
para seguir expandiendo, de esta manera, la Gloria de Dios.
El martes y el miércoles, el
Señor nos recuerda que la experiencia de la Transfiguración no se vive desde el
pasotismo o desde el creerse importante por tal experiencia. Nada más lejos de
la realidad “el primero entre vosotros será vuestro servidor”. La experiencia
del amor de Dios nos debe llevar al servicio a los demás. Un servicio que no es
servilismo, que no es quedar bien ante los demás, que no es esclavitud, sino
que es la manifestación más grande del amor de dios en cada uno de nosotros y
que lo damos a los demás porque nos rebosa. Este es el sentido del servicio. No
podemos servir desde otra pretensión que no sea el amor a Dios y a los
hermanos.
El jueves nos advierte de los
peligros de la prepotencia, de los peligros de la indiferencia ante los demás.
El Señor nos pide tener un corazón dócil ante los demás, fijarnos en lo que nos
pide nuestro hermano que tenemos al lado y que puede estar necesitado. No
podemos cerrarnos a esta realidad. Dios no quiere que creemos diferencias entre
nosotros, sino que vivamos de la igualdad en esa realidad de hijos de Dios. El
importante, el grande, no es ninguno de nosotros, sino Dios nuestro Padre.
El viernes, Dios nos hace ver
que tiene esperanza en nosotros. Él sabe que podemos dar fruto e insiste en
confiar en nosotros. Pero muchas veces podemos dejarnos llevar por nuestras
pretensiones o por nuestro bienestar. Dios nos hace ver que no hay mayor
pretensión que pueda tener el creyente que gozar de su Gloria y no hay mayor
bienestar que vivir eternamente felices junto con Cristo. Esta debe ser la
verdad que nos guie en la vida. El Señor nos pide, una vez más, que nos dejemos
hacer por Él.
Por último, el sábado, Cristo
nos regala la lección del amor y de la misericordia de Dios. Nos invita a
reflexionar sobre nuestra vida y sobre cuántas veces nos hemos querido salir de
la vida que Dios nos pide, dejándonos llevar por nuestras apetencias y por
nuestros gustos. Que reflexionemos sobre si vivir sin Dios es mejor o peor que
con Él y que confiemos en que Él siempre está atento a nuestro retorno a Él. Él
está deseoso de darnos su abrazo de Padre, acogernos y darnos nueva vida.
En esta semana tenemos la
tarea de reflexionar sobre todo aquello que nos aleja de Dios, dejarlo a un
lado y volver al padre a recibir su abrazo de amor y de misericordia recobrando
así una vida de salvación, de amor, de paz y de justicia y de esta forma ir
construyendo, entre todos, el Reino que Dios nos tiene prometido.
Feliz Segunda Semana de
Cuaresma
Maximiliano García Folgueiras

No hay comentarios:
Publicar un comentario